Yume

20 de Abril de 2026

«La fantasía no es un escape de la realidad, sino una forma de entenderla».


La lengua de la noche: ensayos sobre 

la fantasía y la ciencia ficción.

Ursula K. Le Guin



1


Nagasaki,7 de agosto de 1945


Igual que durante las últimas noches, los números se presentaban con un patrón caótico en la cabeza de Shinju. Caminaba junto al vallado perimetral del astillero, envuelta en matices de virutas metálicas, humo de soldadura y aceite industrial. Las imágenes se sucedían en un celuloide frenético, al compás de una respiración entrecortada y latidos sincopados. «Siete coma sesenta y cinco; siete coma siete, para el Tipo noventa y nueve; seis coma cinco, para el Tipo treinta y ocho; también el veinte. ¡Veinte, veinte!», barruntaba. 

Llegó a un solar de la bocana donde ya nadie pescaba. Los hierbajos resquebrajaban el paisaje ruinoso de un antiguo silo, pero no aportaban color. Todo lo aplastaba el sepia. En el centro le esperaba un pupitre. Llegaba tarde. Debía apresurarse. Sensei Tadashi aborrecía la impuntualidad. En general, cualquier afrenta a la disciplina. «Corre, aún no ha llegado. Siéntate antes de que se dé cuenta», se dijo. «¿Y mi silla? ¡No la encuentro! ¡Dios mío, me va a castigar!», le podía la angustia. Aunque no fuera capaz de ubicar su figura, sabía que estaba siendo observada. El maestro tenía el ojo puesto en un agujero, al otro lado de algún murete derruido. De pie ante la mesa, Shinju estaba viva y muerta a la vez.

—La vaca anda suelta —escuchó tras de sí.

No era la voz del sensei, sino la de su amiga Hatsumi. Se tornó y la observó inclinada sobre el terreno, azotando espigas de heno. El flequillo le ocultaba el rostro.

—Veinte —pronunció de nuevo.

—A mí también me molesta esa cifra —replicó Shinju—. ¿De dónde viene?

—De una fábrica —respondió.

—¿De cuál?

—Acompáñame, te la mostraré.

De pronto Hatsumi, ahora a lomos de la vaca, tendió la mano a Shinju para que subiera. Los cuernos del animal, que se extendían igual que un bigote de manillar, servían para guiarlo por los caminos. El vaivén del lomo relajaba el torpedeo continuo de los dígitos. Ahora respiraban el aire de los arrozales, aunque bajo un cielo que carecía de sol, nubes o pájaros. Se trataba de una atmósfera atemporal, por lo que, de alguna forma, seguían bajo la frialdad de las matemáticas.

—Es aquí —reveló Hatsumi.

Habían llegado a una factoría humeante.

—Hemos de entrar —Shinju seguía un pálpito.

El ungulado cruzó la entrada principal y se internó en plena línea de producción. Se escuchaba el estruendo de las máquinas de troquelado; la ausencia de operarios daba a todo aquello una atmósfera fantasmal. Los pasillos parecían no tener fin en aquella nave gigantesca, de modo que el misterio se prolongaba en un escenario ilimitado. Solo quedaba avanzar paso a paso tras la antorcha de la intuición. Cruzaban un desierto, y Shinju aguardaba al espejismo que desvelara el motivo de tanta sinrazón.

—Tenemos siete años —recordó en voz alta.

—Mañana cumplo ocho —escuchó un susurro que provenía de una pila de cajas almacenadas.

Hatsumi guió al bóvido hacia el origen del murmullo y, de pronto, se toparon con Hiroshi.

—Los embalajes pesan demasiado, no sobreviviré. Ojalá pudierais ayudarme.

En cuanto terminó de hablar, señaló al cartel serigrafiado en el que se especificaba el contenido de los bultos amontonados: «calibre 20 mm». Se hallaban en la fábrica de munición, en la sección de ensamblaje de proyectiles para cañones antiaéreos. 



¡Riiing!

El despertador sonó a las siete. Shinju abrió los ojos sobresaltada, pero por fin se desvelaba la incógnita del número veinte. El sueño tenía que ver con Hatsumi, la persona que más le importaba en el mundo, por lo que le urgía hablar con ella. Debía prepararse para salir cuanto antes y esperarla en la puerta de la escuela. El tiempo apremiaba.



2


Comprender que tenía un don fue el resultado de un proceso existencial de muerte y resurrección. Un viaje iniciático comenzado a la edad de once años, cuando el guión de la vida le apretó el cuello con el tacto calculado de un maestro en origami. Las vicisitudes cuadraron de forma sádica y ordenada, de modo que, en un par de meses, su padre fue reclutado para el frente; al poco, este cayó en combate en una remota isla del pacífico. Un día después, su madre se quitó de en medio en un arrozal. Y, para apuntillar más el caos, su custodia pasó a manos de un abuelo cuya única pulsión emocional era rendir cuentas al fascismo.


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