VIENEN CON LAS NUBES

28 de Abril de 2026

VIENEN CON LAS NUBES

Amparo Montejano

«Los términos que mejor pueden sugerir el carácter general de nuestras experiencias son los de inmersiones o ascensiones; pues en cada revelación, una parte de nuestra mente se separa de cuanto es real y presente, y se precipita etéreamente en espantosos, oscuros y sobrecogedores abismos, traspasando a veces ciertos obstáculos definidos y característicos que solo podría describir como viscosas y groseras nubes de vapor».


H. P. Lovecraft (Hipnos, 1923)


Los huesudos y añosos carámbanos del negro tocan la misma cuerda en sendos trastes distintos. Afinadas y temblonas, las notas se dilatan sobre rítmicos y diestros acordes de una armonía adlátere a la voz, rasgada y quejumbrosa, que no ceja de entonar: 


(…) ¿Cuántos años pasarán? ¿Veinte, cientos o un millón?

De los cielos bajarán a exterminaros.

Para Ellos, sois lombrices. ¿Qué creéis?

En abismos de otro tiempo os desharéis…

«Este invierno está siendo más horrible de lo normal», cavilaba un Gregory agobiado por cruzar la calle desde el anegado barrizal en que se había convertido el Parque Roosevelt (donde la vida útil de su paraguas había sucumbido definitivamente) con dirección a la Michigan Central Station, la construcción ferroviaria más grande del mundo. 

—¡Cuarenta! —espetó, esta vez sin darse cuenta de que lo hacía en voz alta—. Cuarenta días de mierda en los que el sol no se ha dejado ver ni una jodida vez. ¡Putas nubes negras! Parecen querer colonizarnos. 

Y mientras corría hacia la isleta de la grandilocuente estación, pues el tren de Luisiana debía estar entrando en el andén, las ruedas de una góndola con forma de pan de perrito y el eslogan de Polffyer´s —«La marca de espuma de afeitar de los hombres exitosos»— sobre el pajizo contrachapado de la ventanilla adyacente a su popa, terminó por enguantarlo de azulino barro. 

—¡Oh, maldita sea! —gritó, enarbolando el puño hacia el indecente vehículo, sin dejar de pensar lo mucho que a Merry le molestaría tener que frotar aquellas manchas (seguro estaba que sería lo primero en lo que ella se fijaría al bajar del tren): zarcos manchurrones que le recorrían, de arriba abajo y de abajo arriba, la totalidad del cuerpo, húmedo y pringoso. «No me cabe duda de que Merry entenderá el porqué de mi aspecto», se alentó el joven. 

Porque si había algo que Gregory odiara de su estancia en la increíble «Motor City» —que, por otro lado, tantas alegrías, en forma de réditos, estaba dando a su flamante núcleo familiar— era su desangelado tiempo invernal: de temperaturas máximas que no superaban los cero grados y unos cielos que, cuando no se transformaban en inquietantes nidales de armiños, se vestían de fajines, cinéreos y endrinos, dispuestos en el aire con una más que particular forma de arca; nubes negras que ascendían en cascada y que después descendían sobre la tierra en un cuerpo enérgico de agua, turbia y espesa, que imposibilitaba a los rayos del sol adentrarse por el pajoso ambiente que tanto mal hacía en el entablado anímico de Gregory. Porque él era un brioso sureño, criado al aire y al sol, con la piel pecosa y tostada como buen hijo de la tierra, y aquel escenario plomizo… Definitivamente, si exceptuaba las dimensiones que iban adquiriendo sus ahorros —pese al incuestionable gasto que suponía residir en una ciudad como aquella—, el clima de la gran «D» no terminaba de acogerle.




De la misma opinión era Merry: una explosiva chica de la parroquia de Caddo, acostumbrada a interminables picnics con amigos y a refrescantes baños en los caldos del Red River —bajo un amable sol invernal—. Pero Merry era mujer: lo llevaba todo con entereza y silente docilidad, aunque, si había algo que odiara —más que nada— de vivir en Detroit, era tener que lidiar con aquellas manchas: sobrecogedores lamparones, como de tinta, que se adosaban a la ropa de Gregory independientemente de los cambios de estación o de cualquier actividad que Gregory desarrollara —igual daba que estuviese faenando entre motores o dando un paseo por la Avenida Woodward o tomándose (con ella) un jugoso bistec glaseado en la doceava planta del Eddystone—; aquellas manchas, azulinas y negras, se adherían a Gregory como el pringoso y engomado chicle a la suela de un zapato, y por más que ella restregase, enjabonase y aclarase, una y otra y otra vez, no terminaban de desaparecer por completo… siempre quedaba un espacio circular, como el cordón opaco de una amalgama invisible: un inquietante y feo cerco que la depreciaba como esposa y futura madre de la progenie de los Brown; porque Merry estaba embarazada, y la sola idea de que lo primero que vieran los ojos de su bebé fuera el plomizo ambiente de Detroit no terminaba de encajarle… ¡No! No le gustaba en absoluto. 




Solventado el obstáculo anímico derivado del estético —era casi bilioso ver aquella húmeda y oleosa brea descabalgar (como un ejército) desde los cielos y anegar de groseros fluidos las vías de Detroit—, aquella maravillosa ciudad deslumbraba al mundo tras convertirse, en apenas dos décadas, en la meca del empleo; sobresaliendo del resto de estados norteamericanos como «el tenaz e infalible confalón generado por la riqueza de un sistema capitalista»; un laissez faire puro, no regulado, que la transformaba, populosa y floreciente, en sede catedralicia del trabajo, los negocios y, por ende, del ambiente ostentoso en el que un insaciable Gregory aleteaba, libre y feliz, como pez en el agua. ¡Sí!, porque, ¿qué quedaba en él de aquel niño que había empezado a ganarse la vida arreglando viejas máquinas de coser? Nada. De aquel provinciano tan solo quedaba la cáscara y, ¡cómo no!, el inherente deseo con el que había crecido —siendo el menor de siete hermanos— dentro de la misérrima granja familiar. Para él, el campo era un pasado, obsoleto y hueco; la industria, un futuro embriagador y sugestivo. ¡Sí!, evocadores eran los recuerdos que a su mente acudían de días en los que empezó a sacarse un sobresueldo cuando, con la excusa de arreglar el fosilizado entramado del cabezal de la máquina de coser de la Sra. Pickells —la modistilla más relumbrosa de Shreveport—, se acostaba con ella por unos cuantos dólares y un trozo de delicioso roast beef con setas —¡premio al niño que hacía de las aburridas tardes de la cuarentona auténticas verbenas orgásmicas!—. Y precisamente fue la más que satisfecha Sra. Pickells la que le presentó a su esposo, para que lo llevase con él a Detroit y le enseñase «el oficio del mañana»: la automoción. 


Conoce más sobre esta obra en: Apache Libros


    VIENEN CON LAS NUBES