SOLO ELLOS VAN CUANDO QUIEREN

28 de Abril de 2026

SOLO ELLOS VAN CUANDO QUIEREN

Ángela Pinaud

Anthony Robson, más conocido como Pirata Tiny por el parche negro que cubre su ojo derecho, derrapa sobre la arena del cruce entre Río Grande Avenue y la Cuarta, y casi muere aplastado bajo el carro de Billy el Loco.

Billy alza el puño maldiciendo en dirección al muchacho, y la yegua se encabrita, pero el chico apenas les presta atención. Pirata Tiny corre como si el mismísimo diablo lo estuviera persiguiendo por las polvorientas calles de Ratón, Nuevo México.

Pasa veloz por la tienda de ultramarinos, y es la primera vez en toda su vida que no se detiene a ridiculizar el ajado sombrero del señor Colson. El hombre lo ve cruzar, sentado en la puerta con el tercer cigarrillo de la mañana colgando de sus labios, y se vuelve hacia el interior de la tienda.

—Martha, ¿les ha ocurrido algo a los Robson? —pregunta a su mujer, apostada detrás del mostrador—. Ha pasado el pequeño como un rayo.

—Esta noche es Halloween —dice ella—. Estará emocionado, eso es todo.

—No sé, Martha. Tenía cara de haber visto un fantasma.

Pero lo que Pirata Tiny ha visto no ha sido un fantasma, sino algo mucho peor. Algo que le acechará en sueños durante el resto de su vida. Cuando llega al granero de los Callaghan, está sudoroso y le falta el aliento. Se inclina hacia delante unos segundos, toma un par de profundas bocanadas de aire, y entra en el granero con estrépito.

Su amigo Justin está sentado entre las pacas de heno, con la boca llena de chocolate y el suelo cubierto de migas. Tiny conoce a casi todos los chicos de Ratón, pero ninguno es como Justin Callaghan. El muchacho vive de milagro. Cuando su madre estaba embarazada de siete meses, rodó por las escaleras de la iglesia presbiteriana de St. Andrew, y dio a luz allí mismo, bajo la atenta mirada del Cristo crucificado. 

El chico nació muerto, o eso aseguran los que atendieron a la señora Callaghan durante el parto. Estuvo sin respiración durante más de dos minutos, y cuando lo subieron a la mesa del altar para oficiar un bautismo improvisado, Justin Callaghan rompió a llorar. Todos los allí presentes se miraron con una mezcla de recelo y consternación, pues sin duda el chico había vuelto de entre los muertos y quién sabía lo que podía haber traído con él.

El tiempo confirmó que Justin no estaba poseído por ninguna entidad demoníaca, simplemente se trataba de un chico normal con un apetito voraz para compensar los escasos siete meses de gestación. Tiny sabía que si quería encontrar a su amigo, tan solo tenía que pasarse por el granero donde escondía la comida.

El chico se chupa los dedos y los restriega sobre su prominente barriga. La camiseta de rayas se mancha de chocolate y evidencia el delito, pero a Justin no parece importarle.

—¡Pero miren quién está aquí! —saluda, escondiendo las sobras bajo los fardos de heno—. Si es el auténtico, el genuino Pirata Tiny. ¿Has venido a suplicarme que te preste otra vez mi réplica del Barling Bomber?

Pero Tiny no responde, se queda en la puerta muy quieto con las piernas temblando bajo los pantalones cortos.

—¡Eh, Mike, ven aquí! —grita Justin hacia el fondo del granero—. Creo que a Tiny le pasa algo.

De entre los montones de heno surge un chaval espigado, con cara pequeña y dientes prominentes. De su pelo revuelto brotan restos de planta del desierto y pajas quebradas.

—¡Por Dios vivo, Justin! Estaba a punto de cazar a ese maldito ga…

Su lamento se interrumpe en cuanto ve a Tiny paralizado en mitad de la puerta. Está cubierto de una sustancia oscura y gelatinosa que deforma sus facciones, dando la impresión de que estuviera deshaciéndose allí mismo.

—¿Qué te pasa? —pregunta Justin apoyando con cuidado la mano en el hombro de su joven amigo—. Si es una broma, no tiene ni maldita gracia.

Pirata Tiny gira la cabeza hacia él muy despacio, y parpadea un par de veces antes de responder.

—Atila —dice con los ojos muy abiertos—. Se ha quedado con él.

—¿Qué le ha pasado a Atila? —pregunta Justin, y la voz se le desinfla con cada sílaba—. ¿Quién se lo ha quedado?

Pirata Tiny se sienta en el suelo y poco a poco va recuperando el resuello y la vitalidad.

—Iba paseando con Atila, como todos los días —dice mientras Justin y Mike se sientan a su lado cerrando el triángulo—. Eso hacía, cuando hemos pasado delante de la Casa Negra.

—La de la viuda Fontanne… —susurra Mike, y se santigua como si hubiese mentado al demonio.

—Ya sabéis que cuando la puerta está abierta —continúa Tiny—, la viuda se parapeta ahí de pie, mirando al vacío.

—Tengo pesadillas con ese vestido negro y ese pelo blanco todo despeinado —dice Mike—. Parece que estuviera esperando a que volviera su difunto marido del más allá.

—O a que venga el demonio para llevarla con él…

—Atila y yo siempre pasamos por el otro lado de la calle —dice Tiny sin prestar demasiada atención a sus amigos—. Se pone a ladrar y tengo que sujetarlo fuerte del collar para que no se le tire encima, pero hoy la puerta estaba abierta y la viuda no estaba. Ha sido tan extraño que por un momento me he olvidado de Atila, y cuando me he dado cuenta, iba enfilado hacia la casa… y se ha metido dentro.

—¡Mierda! —mascullan Justin y Mike casi al unísono. La impresión les impide mostrar el horror que sienten—. ¿Y qué has hecho?

—He entrado tras él —responde Tiny, y durante los instantes que siguen, solo se escucha el viento cargado de arena erosionar los viejos tablones de madera del granero.

—¡Dios del cielo! ¡Estás loco, muchacho! —grita Mike imitando la voz ronca del viejo Billy. Se ha quedado pasmado y solo sabe repetir como un autómata las maldiciones que ha escuchado decir a otros.

—¿Qué queríais que hiciera? —se defiende Tiny—. Tenía que intentar sacarlo. Él habría hecho lo mismo por cualquiera de nosotros, ¿o no recordáis cuando nos defendió de aquel hombre extraño que nos persiguió por el callejón de la Quinta?


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