SANGRE EN EL PANTANO
SANGRE EN EL PANTANO
Enrique Dueñas
—No me gusta —dijo Ma Georgina mientras se balanceaba en su mecedora—. Es demasiado blanco.
—Abuela, por favor —respondió la joven Adele—. No hables así. Él es bueno. Sabe tantas cosas y ha estado en tantos lugares… él es… diferente.
—¡Demasiado blanco! —respondió la oronda mujer.
Tras esto, se levantó del asiento y, con aire orgulloso, entró en la cabaña. Cerró de un portazo, con tanta fuerza que media mosquitera cayó al suelo. Ma Georgina era ya muy vieja y sus rodillas apenas soportaban su peso. Había trabajado muy duramente en su juventud y ya no deseaba otra cosa que disfrutar del aire extraño del pantano. Todos los que la conocían la consideraban una mujer calmada y reflexiva. Pero, cuando se enfadaba, se convertía en un auténtico huracán.
Adele casi rompe a llorar. Era una chiquilla de trece años, delgadísima y muy frágil. Cuando empezaba a llorar, ya no podía parar en todo el día. Pero vio acercarse a Sir Owen y pensó que debía disfrutar del momento. Quizás aquel fuera su último paseo juntos. De forma que dibujó su mejor sonrisa, se levantó de un salto y corrió al encuentro del noble escocés.
La cabaña estaba construida sobre unos listones de madera que la alzaban varios metros por encima del agua. Se trataba de una construcción muy grande, pero que apenas sí se distinguía del resto de aquel pintoresco paisaje, con sus verdes y sus azules, con sus enredaderas, sus luciérnagas y con sus robles de muchos brazos que hacían que, por mucho que brillara el sol, siempre pareciera ser de noche. Una noche, eso sí, cálida y agradable, repleta de vida y misterio.
Sir Owen sonrió y se acercó a la muchacha. Era un hombre joven, atractivo y extraordinariamente bien vestido, con los ojos muy azules y rizos rubios como las espigas del trigo. Parecía tener veinte años aunque, en realidad, era mucho mayor. No necesitaba abrir la boca para que quedara claro que era extranjero. Su extrema palidez europea no podía contrastar más con la hermosa piel de Adele, que parecía obsidiana pulida.
El agua del pantano era totalmente negra, pero, aunque pueda parecer increíble, no estaba sucia en absoluto. Allí no había serpientes ni sanguijuelas, y tanto Adele como su abuela se bañaban siempre que tenían oportunidad. Sir Owen, sin embargo, no era muy aficionado a aquel tipo de entretenimiento. Él siempre prefería limitarse a observar antes que participar en juegos o deportes. Era la clase de persona que disfrutaba más de un disco que de un concierto y más de un libro que de una radionovela. De hecho, nadie entendía cómo había terminado en las tierras regadas por las aguas del río Pearl.
—No le gusto demasiado a tu abuela —dijo con su gracioso acento de noble escocés—. No la culpo. Debe estar harta de verme merodeando por aquí.
—Siempre es usted bienvenido, señor Owen —se apresuró a decir Adele—. Mi abuela no entiende muchas cosas. Tiene usted que perdonarla. Ha nacido en otra época.
—Eso último lo entiendo perfectamente. Créeme. Pero, por favor, no seas tan formal conmigo, Adele. Nos conocemos desde hace semanas. Llámame Robert.
—Como quiera, señor Owen… quiero decir, Robert.
Adele sintió vergüenza, pero esa clase de vergüenza juvenil que no hace daño y deja un recuerdo agradable.
—¿Un paseo, señorita? —dijo el extranjero.
La muchacha asintió. Juntos, se adentraron en la espesura.
El ambiente era agradable, pues no hacía el calor sofocante propio de aquellas fechas. La luz era muy tenue, como de costumbre, y el único sonido que podía oírse era el revolotear de las libélulas y el discurrir natural del agua.
—¿Por qué te marchas? —se atrevió a preguntar la chiquilla.
—¡Bueno! He de admitir que me gusta esa pregunta. Estoy más acostumbrado a oír «qué demonios hace usted aquí».
Adele sonrió tímidamente.
—Debo atender negocios urgentes —prosiguió Owen—. Tengo amigos en Hungría que han sufrido a causa de la guerra. Ellos me ayudaron a mí en el pasado y ahora he de ayudarles yo a ellos.
—Es como si esos amigos tuyos fueran… tu familia, ¿verdad?
—Eres una muchacha muy despierta. Desde cierto punto de vista, sí, lo son.
—Lo digo porque nunca te he oído hablar de tus padres o de tus hermanos, pero sí te he oído hablar de tus amigos de Hungría. Sin duda ellos son tu familia. Cuando nos dijiste que tenías que marcharte… me puse muy triste. Pero ahora lo comprendo todo mucho mejor. La familia es algo muy importante, Robert. Lo más importante del mundo.
—¿Tú vives sola con tu abuela?
—Oh, no, Robert. Es una historia terrible. Seguro que no quieres oírla.
—En eso te equivocas. Me interesa mucho.
La niña titubeó un poco.
—Cuando yo era pequeña, realmente pequeña, tenía muchos hermanos... pero ya no me queda ninguno.
—¿Qué ocurrió?
Adele se encogió de hombros.
—La clase de cosas que ocurren por aquí —dijo—. Enfermedades, accidentes… pero sobre todo… los mató la pobreza. Lo cierto es que no recuerdo sus rostros. Solo recuerdo sus nombres porque Ma Georgina reza por ellos todas las noches…
—Mis condolencias. Y dime, ¿qué hay de tus padres?
Adele suspiró. No le gustaba hablar del tema.
—Los mataron en Tulsa el año pasado —dijo con un hilillo de voz—. Ellos vivían allí… trabajaban allí. Eran buenas personas, bien lo sabe Dios. Nos mandaban dinero todas las semanas. Un día, de golpe, el dinero dejó de llegar. En los periódicos no dijeron nada, pero mi abuela, que tiene muchos amigos, me lo contó todo. Me dijo… me dijo que los mataron. Los mataron unos blancos furiosos. Los mataron a ellos y a muchos otros. Solo por ser como eran… solo por atreverse a ser felices… destrozaron las casas y quemaron los cadáveres. Eso es todo lo que sé. Yo no estaba allí. Aquel fue un día triste para todos. Muy triste.
—¿Sabes? Este es un país extraño. Hay pueblos y lugares que parecen mirar al futuro de una forma que nadie en Europa se atreve ni a imaginar. Y otros… que parecen anclados en la Edad Media. Resulta curioso, sí, muy curioso. Creo que por eso me gusta tanto este pantano. Es un refugio… un vestigio de un pasado remoto y ya olvidado. En cualquier momento podría surgir una bestia prehistórica y…
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