Neón rojo, neón azul

28 de Abril de 2026

Neón rojo, neón azul

Laura Blanco Villalba


Makoto Yoshida no estaba teniendo un buen día.

No le había quedado más remedio que dormir en un hotel cápsula del barrio azul y haber hecho ese gasto lo estaba mortificando. Siempre que podía, regresaba a su pequeño piso del barrio rojo al terminar la jornada, pero la última reparación se había alargado hasta tarde y sabía que, si lo pillaban cruzando la frontera entre distritos después del anochecer, los drones de vigilancia lo acribillarían a balazos por mucha licencia N3 que tuviera. Los drones no hacían preguntas.

Makoto era un trabajador esencial de clase J y, por lo tanto, uno de los pocos ciudadanos de New Osaka con autorización para cruzar entre distritos. Se ganaba la vida reparando conexiones neuronales a domicilio, aunque en aquellos momentos se arrepentía muchísimo de haber escogido esa profesión.

—Escuche, señora…

—Tōyama —respondió la anciana, tumbada de lado sobre el futón tal y como Makoto le había pedido.

—Señora Tōyama —suspiró el técnico, esforzándose por no sonar muy exasperado—, necesito que se quede muy quieta o nos vamos a pasar toda la mañana aquí. Le tengo que colocar el robot quirúrgico en la nariz.

—Es que hace cosquillas —se excusó la mujer con una risita.

—Es por los filamentos de poliamida. Tienen que abrirse paso hasta el implante BCI alojado en su cerebro para poder repararlo. ¿Seguro que no quiere anestesia?

—¡No, que sale muy cara! Prometo que no me moveré más, joven.

Tras otros dos intentos, Makoto consiguió encajar la pequeña semiesfera de color blanco en torno a los orificios nasales de la mujer. Una de las pulseras que el técnico llevaba en su muñeca izquierda pasó del gris al verde fluorescente.

«Conectado», pensó Makoto.

Ya podía invocar los GPT y proceder a la reparación. Dudó antes de pronunciar el primer prompt. Las sondas del robot eran más delgadas que un cabello humano y estaban fabricadas en materiales biocompatibles, pero aun así sabía que a la mujer le dolería. Decidió lanzar un comando para anestesiarla, así que primero habló con el GPT que controlaba el robot.

—Quirúrgico, prepara cargas de N2O y libéralas a intervalos de cuarenta segundos.

Eso haría el dolor más tolerable, apenas una molestia. No pensaba cobrárselo. Falseó los registros del dispositivo para que la empresa creyera que había gastado la mitad de gas y pagaría de su bolsillo la otra mitad. No era la primera vez que pirateaba el equipamiento de esa forma. No le parecía justo que las ancianas del barrio rojo tuvieran que sufrir por un implante que era obligatorio según las leyes de la ciudad. Además, la señora le recordaba un poco a su propia obāsan.

Notó que la mujer se relajaba y su respiración se volvía más lenta. El analgésico había hecho efecto. Hizo crujir los nudillos. Comenzaba la operación.

—Macrodata, procesa las lecturas de Quirúrgico. —Otra de sus pulseras comenzó a parpadear en azul mientras el GPT trabajaba—. Analiza según el modelo Arbaugh los movimientos musculares asociados a la respiración de los últimos cinco segundos. Contexto: usuaria de setenta años, mujer, sana. Interpola los datos y establece una pauta para los próximos diez minutos. Dale formato de tabla y muéstramelo.

«Claro, señor Yoshida, aquí lo tiene», respondió la voz del talkbot en su cabeza. En cuanto el proceso finalizó, la pulsera azul correspondiente al GPT que había invocado, Macrodata, dejó de parpadear y se quedó fija. Casi a la vez, la tabla apareció como por arte de magia, superpuesta con realidad aumentada a la visión del pequeño salón de solo dos tatamis.

Siguiendo el protocolo, Makoto comprobó que las lecturas que había arrojado el GPT eran correctas y procedió al siguiente paso.

Pidió a un segundo GPT, al que llamaba Programador, que convirtiera la tabla generada por Macrodata en indicaciones para que el robot quirúrgico se abriera paso por las cavidades nasales hasta el implante. Después, enunció el prompt para pedir un diagnóstico completo. Un modelo 3D a escala 10.000x del neuroimplante de la mujer se proyectó en su visión y pudo detectar fácilmente el motivo de la avería.

«Vale, un electrodo que se ha salido de sitio. Lo típico», pensó Makoto.

—Programador, traduce a binario las coordenadas del electrodo 1024 que ha registrado Quirúrgico y envíalas a Macrodata para que calcule la maniobra de reconexión. —En su muñeca, las pulseras roja y azul empezaron a parpadear. Cuando ambas se quedaron fijas, lanzó otra instrucción—. Programador, toma el output de Macrodata, transfórmalo en secuencias de movimientos y envíalas a Quirúrgico.


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