MUSEO YUREI-KAN
MUSEO YUREI-KAN
Lorena kotokino
El cartel de neón del museo Yurei- Kan iluminaba la calle de un tono azul eléctrico. La compañía había gastado millones de yenes en conseguir que su luz opacara los demás carteles de su alrededor.
El museo había abierto hacía once meses, y contaba con un único pase semanal —los sábados por la noche—, al que solo podían acceder un reducido número de visitantes. Tan solo los más adinerados habitantes de Tokio Lux podían pagar la entrada para ver en carne y hueso a los diversos yurei y al gran oni que allí se exhibían, algo sumamente elitista.
Aquél día, Yume miraba por la ventana del tercer piso mientras tomaba una taza de té sintético. Los lujosos coches automáticos comenzaban a llegar, y con ellos los opulentos visitantes, arreglados para la ocasión. Los ciborgs de compañía tampoco podían faltar, así como las modificaciones corporales de aurotitanium, sobretodo en las mujeres. Era sorprendente la facilidad con la que remplazaban sus extremidades biológicas por otras de aurotitanium, y únicamente por moda. Yume no podía evitar pensar que, tan solo con un dedo de ese material, podría comer un barrio entero de la zona más baja de la ciudad, a la que ella pertenecía: Tokio Dokin.
El sonido del hololink le pilló por sorpresa, haciendo que se moviera de forma tan brusca que tiró su taza del té al suelo.
—¡Maldita sea! —exclamó, al ver que se había mojado los pantalones. Descolgando la llamada, contestó—. Soy Yume, ¿qué ocurre?
—Señorita Takamaru, el sustituto de Satoru ha llegado. Sé amable con él, parece abrumado —dijo la secretaria.
—Recibido, aquí le espero.
—Siempre tan escueta, alégrate mujer, ¡hoy es día de paga!
—Qué maravilla —contestó Yume, de forma sarcástica—. Tengo que dejarte, estoy bañada en té.
Apagó el hololink, abrió un cajón y sacó una toallita secante. La frotó contra sus pantalones, quedando secos tras unos segundos. Se sentó y miró las pantallas. Los operarios aún no habían llevado a los Kinyori —las personas que se dejaban poseer por un espíritu a cambio de dinero— a las contenciones. Iban con retraso.
Llamaron a la puerta. Yume apretó un botón para que se abriera. Tras la puerta se encontraba un chico joven de aspecto enfermizo, con gafas, vestido con un traje que le quedaba grande, a todas luces de segunda mano. Le habían contado poco de él; que provenía de Tokio Nexus, y era un portento informático. Hizo un gesto con la mano para que entrase.
—Puedes sentarte. Soy Yume Takamaru, tu nueva jefa.
—Kinji Mitsui, encantado de conocerla —el joven hizo una reverencia y se sentó.
—Bueno Kinji, Satoru y yo nos repartíamos las salas, pero como es tu primer día, y veo que te han explicado poco, hoy solo mirarás y harás lo que yo te diga. A partir de mañana te daré los protocolos de actuación y tus responsabilidades para el siguiente sábado. ¿De acuerdo? —sonrió—. Tranquilo, el primer día siempre es horrible.
Kinji asintió, con una sonrisa forzada.
—Bien, empecemos. En estas pantallas podemos ver las tres salas principales y el salón de cóctel. La sala uno, es la de los yurei clase B y C, además de contener a los funa-yureis. Son inofensivos, y apenas causan problemas. La sala dos, yurei tipo A, son más reactivos, las barreras son más potentes. Esta sala suele tener mucha afluencia, ya que cuenta con estrellas yurei por excelencia, como Yuki-onna, Hone-onna o Kuchisake-onna. También hay algunos goryo, pero estos solo se quejan, son un poco pesados. Por último, tenemos la sala de Shuten-Doji, el rey de los oni. Su barrera de contención es la más potente, ha tenido que ser reforzada varias veces desde la inauguración. Nuestro cometido es controlar esas contenciones y mantenerlas siempre activas.
—¿Y si llegaran a fallar o desactivarse? —preguntó Kinji, ajustándose las gafas.
—Si eso ocurriera, y esperemos nunca pase, pulsaríamos este botón —Señaló un botón rojo en el teclado holográfico de la mesa—. Los nanobots que se han introducido en los Kinyori producirían un pulso eléctrico que harían que se desmayaran. Por otro lado, la yureikikan mandaría al yurei de nuevo al más allá.
—De acuerdo. Botón rojo. Pero señorita Takamaru, nadie me ha explicado en qué consisten exactamente la máquina yureikikan, simplemente que es un sistema informático bicorne.
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