LOVECRAFT Y LOS AÑOS 20

28 de Abril de 2026

LOVECRAFT Y LOS AÑOS 20 

Roberto García-Álvarez

No es una cuestión fácil introducirse en el tema de Lovecraft y los años veinte; sobre todo porque estos fueron los más intensos de su vida. El autor nació en 1890, en Providence (Rhode Island). Podríamos decir que la década empieza para él con la muerte de su protectora madre. Esto habría significado su irremediable obligación de enfrentarse al mundo, sin embargo sus tías ocuparon rápidamente el lugar de su progenitora. Aun así, los prodigiosos 20 son los años de Howard Phillips Lovecraft. Durante ellos consagra su nombre y su carrera. Es en esta década (que comienza con la salida de una guerra mundial y finaliza con una terrible crisis económica), cuando Lovecraft llega al clímax de su vida personal y laboral. Se traslada a Nueva York, donde se casa con Sonia Greene, se divorcia y retorna a Providence, como un Ulises de lo freak que vuelve a Ítaca. Entra en el circuito de la publicación en los medios pulp y, al mismo tiempo, se debate constantemente con la idea de abandonar la escritura. En esta era, forma un círculo de amigos sólido y nacen los Tres Mosqueteros de Weird Tales, es decir, Robert E. Howard, Clark Ashton Smith y el propio Lovecraft. Para quién no conozca Weird Tales, se trata de una de las más importantes revistas pulp de la época, y cuna de muchos subgéneros modernos de fantasía y ciencia ficción.

Mencionar todos y cada uno de los episodios que Lovecraft protagonizó en estos años sería más propio de una amplia biografía. Si la década de los veinte fue una época intensa en lo personal frente a la madura tranquilidad de los años treinta y la rareza teen de la década de los diez, en el terreno literario la cosa no va a la zaga. Tomándonos otra pequeña libertad cronológica podríamos decir que esta década se abre, nada más y nada menos que, con Beyond the Wall of Sleep y finalizaría con The Whisperer in the Darkness. En ambos textos de entrada y salida, Lovecraft se caracteriza por dos cosas: 1) la negación de la realidad como algo absoluto y separado de la percepción y 2) la existencia de otro mundo (con)junto al nuestro (tanto en lo físico como en lo psicológico).

Serían los intensos acontecimientos vitales de estos años (con sus alegrías y sus penas, con sus descubrimientos y desengaños) los que moldearían a un Lovecraft que, además de evolucionar como autor, también evolucionó en su pensamiento. Es en los años veinte donde Lovecraft profundiza más en sus defectos y en las profundas contradicciones entre sus convicciones y sus actos. Su antisemitismo se vuelve más grave, igual que su racismo (que justifica por una mala experiencia en Nueva York); al tiempo que se casa con una mujer judía fuerte, inteligente y orgullosa de serlo, y contaba entre sus mejores amigos con eminentes hebreos. Incluso se carteaba con intelectuales de raza negra. De hecho, contaba con una cada vez más tupida red de contactos personales y epistolares. Su misantropía va a más, al mismo tiempo que su vida social se vuelve más activa. Su desprecio por el mercantilismo del mundo se exacerba a la par que no ceja en su empeño de ver publicada su obra y encontrar un estilo que funcionase. A esto último dedicaría toda la década posterior. No podemos justificar aquí ninguna de las teorías racistas de Lovecraft y tampoco las reproduciremos. Sin embargo, sabemos que el escritor cambiaría grandemente de opinión en la década siguiente.

Con la llegada de la gran depresión las cosas cambian, y el Lovecraft que había escrito relatos como The Old Man, Arthur Jermyn, The moon Boog o The Horror at Red Hook donde bramaba su racismo y su conservadurismo de clase alta, da un giro de 180º y comienza a rumiar en su interior un pensamiento político muy diferente.

Filosóficamente, Lovecraft se mantiene coherente a dos principios: materialismo y ateísmo. Ambos necesarios para su horror cósmico. Poco a poco, va puliendo esas ideas hasta hacerlas lo suficientemente operativas como para guiar su vida (una filosofía útil, aunque parezca un contrasentido) y calar en sus escritos. Sin embargo él, como Poe, no concebía la poesía y la literatura como medios de transmisión de otras ramas del saber. Para Lovecraft el arte era arte y no pedagogía, aunque sí podía ser un medio privilegiado de conocimiento (Lovecraft seguiría, de este modo, a Aristóteles cuando este decía que «la historia nos dice cómo son las cosas; la literatura cómo deberían ser»). El artista no tenía por objetivo enseñar o educar, aunque podía llegar a hacerlo de forma indirecta y es que para nuestro hombre y muchos de sus coetáneos las intenciones ocultas e ignoradas eran no solo una realidad, sino una fascinación. Por algo triunfaba Freud y su secta de los miércoles por toda Europa. El eminente psicólogo se preguntaba, entre otras cosas, el porqué y el cómo de la Gran Guerra. Una cuestión harto interesante para sus coetáneos.

Con estas ideas, en apariencia rígidas, Lovecraft construye un cuerpo filosófico en torno a un nihilismo que no se hace liberador como el de Nietzsche, sino desesperanzado. Que enfrenta al hombre con una única verdad: nada importa, porque todo es pasajero; nada es grande porque todo está abocado al olvido y a la ruina. El propio Lovecraft señalaba que «Uno debe llegar a darse cuenta de que todo en la vida es una simple comedia de deseos vacíos, los que se esfuerzan y la toman en serio son los payasos, y aquellos que la miran con calma y sin creérsela son los que se ríen de los actos de los luchadores». 

Las mejores obras de horror cósmico usan el elemento sobrenatural como una alegoría de los misterios que ocultos más allá de las estrellas y en el interior de los átomos, misterios que nos recuerdan una y otra vez lo pequeños, inútiles e insignificantes que somos. «Los hombres de más amplia mentalidad saben que no hay una distinción clara entre lo real y lo irreal» dijo en una ocasión. «Todas las cosas parecen lo que parecen solo en virtud de los delicados instrumentos psíquicos y mentales de cada individuo, merced a los cuales llegamos a conocerlos; pero el prosaico materialismo de la mayoría condena como locura los destellos de clarividencia que traspasan el velo común del claro empirismo». Recordemos que H. P. Lovecraft se declaró ateo con tan solo cinco años. 

Decía un filósofo que lo único que permanece es la impermanencia; para Lovecraft lo único permanente serían las arenas del tiempo que cubren las glorias del pasado sin darles mayor importancia. 

Con estos ingredientes la producción de Lovecraft en esta época será la responsable de causar en el lector el horror y no el terror (lo imposible contra lo posible, lo psicológico contra lo físico). 

Lovecraft amolda estas ideas para crear relatos donde el miedo no nace de tentáculos verdes, ni tampoco de seres gelatinosos de otros mundos. El terror, el auténtico terror, reside en rasgar la cortina (el velo de la ignorancia) que nos oculta una realidad en la que nosotros no somos nada. Pero tampoco lo son Cthulhu, Yog-Sothoth, Dagon, ni ninguna de sus criaturas. Ellos también serán destruidos con el paso de los eones. He ahí la esencia del horror cósmico, al que, como un paciente escultor, dará forma durante estos años.


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