LAS PULGAS DE DIOS
LAS PULGAS DE DIOS
Cristina Martínez García
«Incluso en el más grande de los horrores rara vez se ausenta la ironía».
H. P. Lovecraft (La casa rechazada, 1924)
El paisaje agreste de Alabama se extendía hacia todas partes, hasta donde abarcaba la vista y luego más. Hubiera sido fácil creer, desde ese apeadero de autobuses, que el mundo entero no era otra cosa que una sucesión de matorrales, arena y formaciones rocosas talladas por el viento. A Greta le generaba algo de vértigo, así que bajó la mirada para encenderse un cigarrillo.
Era raro. Cuando emprendió el viaje pensaba que el cambio de aires le sentaría bien. Como toda chica de ciudad tenía idealizado lo rural y, como toda artista en ciernes, deseaba viajar, empaparse de experiencias, vivir la vida, para volcar luego todo esto en su arte… pero ahora se daba cuenta, algo tarde, de que quizás las Badlands no eran el mejor sitio para vivir la vida.
Había disfrutado haciendo la maleta, metiendo incluso ropa nueva que se había dado el capricho de comprar para estrenar en el campo. También se había ilusionado como una niña en el viaje en tren. Pasar de un coche a otro, y, por supuesto, de una ciudad a otra. Mirar esas ciudades desde la estación o desde el vagón, como una espía. Había traído pinturas y un cuaderno de bocetos, y lo había llenado con esbozos costumbristas: mujeres modernas con pantalones y sombreros calados; hombres de color, fuertes y trabajadores, cargando herramientas; viajantes trajeados con ojeras y sonrisas de papel barato; una comitiva de nativos americanos marchando hacia algún sitio con sus ropas tribales centelleando al sol. Incluso creyó captar la misma casa blanca junto a las mismas vías de tren que Edward Hopper había pintado pocos años atrás.
También había dibujado a su amiga Helen. Siempre impasible. Con su pelo del color de la avena cayendo exageradamente largo sobre su vestido azul. Sus ojos también eran azules, pálidos, y siempre le parecían a Greta a punto de llorar y a la vez inexpresivos.
¿Qué le pasaba por la mente a Helen al volver al hogar? Era imposible decirlo por su expresión. Greta había intentado entablar conversaciones interesantes a lo largo del viaje: hablar de arte, de música, de política e incluso del tiempo. Había intentado sonsacar a su amiga más cosas sobre su hogar y sobre su familia: ¿qué se iban a encontrar allí?, ¿cómo debía dirigirse a sus padres?, ¿habría algún baile de la cosecha o alguna otra tradición fascinante que plasmar en un cuadro o un poema? Pero Helen estaba más silenciosa que nunca. Greta empezaba a dudar de que hubiera sido tan buena idea pasar las vacaciones de primavera en el pueblo de su amiga. Empezaba a dudar de que Helen y ella fueran en verdad amigas.
¡Pero no! ¡Qué tontería era esa! Y qué deslealtad tan propia de ella misma.
Helen y ella eran de veras amigas. Se habían conocido en Greene, universidad de señoritas para el estudio de las artes, las ciencias y la filosofía. Una de las Siete Hermanas de la gran nación americana. Como Radcliffe lo era para Harvard y Barnard para Columbia, Greene era la correlación femenina de Miskatonic. Y era un campus tremendamente bonito. Vanguardista. Lleno de arte por todas partes: esculturas en el patio, oleos en las aulas… ¡hasta en el comedor había un hermoso Waterhouse!, colgado allí en medio, para disfrute de todas. ¡Y la biblioteca! Greta se emocionaba al recordarla. Además era allí donde había visto por primera vez a Helen. Con su aspecto extraño, anacrónico. Como una campesina sacada de un libro de fábulas. También se habían visto en el comedor, en el bosquecillo de pinos anexo a la residencia de estudiantes, en la lavandería... habían compartido todo aquello, así que eran amigas.
Mejores amigas incluso, desde el día que Greta había salido en defensa de Helen delante de unas chicas crueles que la estaban acosando. La golpearon y la tiraron al suelo.
Greta pensaba que al llegar a la Universidad ya no se encontraría ese comportamiento agresivo y adolescente que tanto le había mortificado a ella misma en la escuela. Pero incluso entre supuestas adultas, Helen parecía atraer las iras de sus compañeras solo por existir. ¿Era por su pelo, tan alejado de las ondas y las melenas cortas de las demás chicas?, ¿por sus vestidos largos y de una pieza, que ocultaban puritanamente todas sus formas?, ¿o simplemente por su forma de ser, diferente, callada, casi una fantasma rondando por la universidad?
Greta se enfadó consigo misma por dudarlo siquiera. Evidentemente era por su diferencia interior. Esa era una verdad que ella conocía bien. Los vestidos, el pelo, los zapatos… todo eso daba igual y, si una rica heredera —o incluso una chica corriente, una coqueta del montón— empezaba a usarlos, seguramente se pondrían de moda en poco tiempo. Pero la diferencia interior… esa nunca se ponía de moda.
Greta lo sabía bien porque ella también era diferente, a su manera. Y había sufrido mucho por ello. Por eso había aprendido a ocultarlo, a disfrazarlo. Se le daba bien. Y eso que era difícil enterrar esa diferencia precisamente allí, en Greene, Universidad Femenina de Artes Liberales, un edén plagado de hermosas Evas que hacían que ella perdiera la concentración por los estudios.
Aunque también tenía la esperanza de que Greene fuera quizás el sitio donde mostrarse, algún día, tal cual era. Perder el miedo a ser ella misma. Desnudar su alma con un espíritu afín…
Desde luego, no con una chica como Helen. No. Helen no era Eva, ni Lilith, ni Safo, ni Cristina de Suecia. No compartía su particular diferencia, ni en realidad ningún otro aspecto de su carácter. Pero al menos no la juzgaba. Incluso en el momento inevitable en el que empezaron los primeros rumores —esos que siempre la perseguían allí donde fuera, por mucho que se esforzase en evitarlos— ni siquiera entonces la extraña chica de campo le negó el saludo, ni el asiento en la biblioteca, ni la miró diferente, como sí lo habían empezado a hacer muchas otras.
Dos bichos raros. Al final y como siempre, eso es lo que eran. ¡Qué desgracia!
—Margaret. —Helen la llamaba siempre por su nombre completo—. Apaga el cigarrillo. Ya vienen.
—No se ve a nadie —rezongó ella.
Helen no insistió, pero la miró con sus ojos tristes y Greta tuvo que apagarlo. Luego palmoteó el aire en un intento cómico por disipar el olor. El persistente viento de Alabama la ayudó. Se llevó el aroma a tabaco, a fijador de pelo, a hollín de viaje en tren, a suave sudor: la esencia de Greta. El viento jugó con aquel perfume por un momento y después simplemente se desvaneció en el inmenso espacio abierto.
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