La Vocación De Masaru Takeda
Como cada mañana, el doctor Masaru Takeda preparaba su maletín para pasar consulta. Su mujer, Mitsuko, había doblado su bata y preparado un apetitoso onigiri, que siempre envolvía cuidadosamente en una servilleta de tela con las iniciales de su nombre. «Comételo a media mañana, hoy tienes un día duro», le decía de manera cariñosa.
Desde que comenzó la guerra, la comida se había convertido en un preciado tesoro. Masaru sabía que aquel onigiri, envuelto con esmero, probablemente había salido de la ración del día de su mujer, que se lo reservaba con sacrificio para que él pudiera comer adecuadamente. Ese pequeño gesto, simple pero cargado de significado, le llenaba el corazón de gratitud y pesar a partes iguales. Amaba a Mitsuko por encima de todas las cosas. Esperaba que pronto pudieran cumplir el sueño de ser padres.
Masaru fantaseaba con tener una preciosa niña y llamarla Midori.
—Seremos la familia «M» —dijo Masaru, riendo—. Masaru, Mitsuko y Midori. ¡Es perfecto!
—¿Y si es niño? —respondió Mitsuko—. A mí me gusta Kentaro.
—No, no, no. Si es niño, se llamará Makoto, como mi bisabuelo.
—Querido, no me gusta nada —apuntó Mitsuko mientras servía el té.
—Bueno, no importa. Total, va ser una niña. No tengo dudas. Y será tan bella y buena como su madre —sentenció Masaru, y besó su mano.
Pero eso fue hace tres años, y el ansiado embarazo nunca llegó. Masaru revisó el estado de salud de su mujer en muchas ocasiones, pero nunca encontraba nada fuera de lo normal, estaba sana. Mitsuko lloraba cada mes al ver como su periodo llegaba sin retraso. Se habían resignado no perdieron del todo la esperanza, empezaron a asumir, que quizás, siempre serían dos.
—Adiós Mitsuko, me marcho ya. Recuerda tomarte el té de yamaimo que te recomendó la sanba. Es importante ser constante en estos días.
—Sí, tranquilo. Ya tengo el agua preparada. Ten, tu maletín. Que tengas un buen día —contestó sonriendo.
—Tú también, querida. Verás que pronto lo conseguiremos —la animó.
Después, la besó dulcemente. Ella asintió en silencio, apretando los labios y conteniendo el llanto. Demasiados meses, demasiados años.
Masaru salió de su casa en el distrito de Nakajima, un barrio tranquilo cerca del centro de Hiroshima. Aquella mañana del 6 de agosto, el calor se hacía presente incluso siendo temprano. Una ligera brisa matinal sacudía las ramas de los ciruelos, refrescando y aromatizando el ambiente. El sonido del tranvía se mezclaba con las primeras conversaciones entre los vecinos. Las madres despedían a sus hijos, que corrían en grupos rumbo a la escuela. Masaru se había acostumbrado a saludar a mucha gente en su camino hacia el hospital, pues era un médico muy popular y muchos de sus vecinos eran también sus pacientes.
Antes de cruzar el puente Aioi se detuvo a saludar, como cada mañana, al señor Haruto Yamada, que barría la entrada de su tienda. Su hijo Kenji y él habían sido amigos desde que eran niños. Masaru había pasado innumerables días en casa de los Yamada. Por desgracia, Kenji había muerto a los quince años a causa de una enfermedad que lo consumió en menos de un año. Masaru decidió que sería médico a los pies de la cama de su amigo. Le juró que no dejaría morir a nadie si él podía evitarlo. Lo haría por Kenji.
—Buenos días, señor Yamada —dijo, haciendo una reverencia—. ¿Cómo se encuentra hoy?
—Doctor Takeda, estoy bien, gracias por preguntar.
—¿Se recuperó de su dolor de espalda? Recuerde que tiene que hacer los estiramientos que le recomendé.
—Sí, estoy mucho mejor. Muy agradecido por sus consejos, doctor.
—No sabe cuánto me alegro, señor Yamada. Por favor, dele recuerdos a la señora Yamada —contestó Masaru, despidiéndose con una reverencia.
Miró su reloj: las 8.14 h. Debía acelerar el paso o no llegaría a tiempo para pasar consulta.
Un segundo después, el cielo explotó.
Un destello blanco y cegador lo envolvió todo.
Masaru notó su piel arder, como si se hubiera metido dentro de una olla hirviendo. Un ruido ensordecedor lo inundó todo, dando paso a una fuerza invisible que lanzó a Masaru por los aires, arrancándole el maletín de la mano. Durante unos segundos, no había nada: ni suelo, ni cielo, ni aire. Solo luz y dolor. Después, una absoluta oscuridad.

