LA VENERABLE
LA VENERABLE
Santiago Bergantinhos
El joven matrimonio permanecía sentado en la penumbra de la habitación. Atendía a cada movimiento y respiración de la venerable, que a su mismo nivel y al otro lado de la mesa se arrodillaba sobre un cojín de raso elevado por un pedestal cubierto de telas brillantes. Él, vestido con un sobrio y elegante traje, procuraba no moverse; y ella, a la última moda de las revistas, reprimía sus deseos de soltar el hipido que sentía por la emoción cada vez que la venerable parecía que iba a salir de su profundo estado de meditación.
Parecía casi una niña, menuda y frágil oculta tras un velo de gasa que difuminaba su figura, cubierta por unos pesados ropajes blancos que los dos suponían debían corresponder a la alta alcurnia de la sociedad China, quizás a la familia imperial. Sus rasgos, finos y delicados bajo el maquillaje ceremonial, correspondían a lo más a una muchacha de dieciséis o diecisiete años, pero su voz resonaba con un extraño acento desde un pasado remoto.
—Señor Adams... —dijo por fin.
—¿Sí, venerable? —respondió él con un hilo de voz.
—Los espíritus están alterados. Hay fuerzas que operan contra usted y su familia. Un enemigo con el que no me había cruzado desde hace más de un siglo. La causa la desconozco, pero puede haber una solución.
—Lo que usted me diga, venerable. Haré lo que me ordene.
—No tiene que hacer nada. Seré yo la que realice los rituales, por supuesto. El mal debe ser... combatido en todo lugar.
—Muchas muchas gracias, venerable —dijo entonces la señora Adams, que buscó la mano de su marido para estrecharla—. Le estamos agradecidos. Muy agradecidos.
El oráculo no respondió y permaneció inmóvil. Los Adams buscaron con la mirada a la anciana que esperaba de pie en una de las esquinas, y que había permanecido allí desde que los hizo pasar al cuarto en el que la venerable atendía a sus clientes. Después de un momento incómodo, la señora se atrevió a hablar:
—Bueno, no lo habíamos hablado, pero, ¿cuánto...?
La venerable levantó la mano bruscamente y volvió el silencio, pesado como una losa.
—Los asuntos materiales trátenlos ustedes con mi descendiente. Pueden irse.
La anciana de rostro cubierto de finas arrugas les dedicó una amable sonrisa, y les mostró la salida con un suave gesto de la mano lleno de elegancia y serenidad. Vestía de negro de arriba abajo ropas tradicionales chinas. No había dicho ni una palabra en toda la velada.
Ya de vuelta en la antecámara de la habitación en la que atendía el oráculo, después de traspasar el pesado telón que separaba ambas estancias, los señores Adams se relajaron un poco y respiraron tranquilos. En la puerta, nerviosamente, como si estuviese en un fumadero de opio, el señor Adams sacó la cartera, con algo de dificultad porque su mujer lo agarraba del brazo y se apretaba contra él.
—El donativo —dijo el señor Adams al entregar a la mujer china un sobre—. Adiós.
La anciana sonrió de nuevo al tomar el sobre con las dos manos, e hizo una reverencia para despedirse de ellos mientras cruzaban la puerta. Todavía pudo oír el diálogo de los dos ya en la escalera:
—Mucho mejor que la teosofía, ¿no crees, Elizabeth?
—¡Dónde va a parar, cariño! ¡Dónde va a parar!
La anciana se enderezó lo mejor que pudo pese a su avanzada edad y con gran satisfacción comprobó la elevada suma que contenía el sobre. Volvió a la habitación en penumbra y allí vio a la mujer tras el velo en la misma posición.
—¿Se han ido ya? —preguntó la joven todavía en inglés con el acento muy marcado.
—Sí, niña. Ya se han ido —respondió la anciana en mandarín.
—¡Menos mal! —exclamó la muchacha en el mismo idioma. Apartó la gasa y mostró a su compañera una gran sonrisa—. ¡Estos dos eran de los pesados de verdad!
—Ha valido la pena, pequeña. ¡Mira! —exclamó la anciana mostrándole el contenido del sobre—. ¡Quinientos dólares!
La joven se levantó de un salto y batió palmas, salió de detrás de la gasa y corrió a abrazar a la anciana. No era mucho más alta que ella, ligera y muy menuda aunque los ropajes parecían decir lo contrario. Así permanecieron un rato, felices por lo bien que marchaba el negocio que desde hacía algo más de un año mantenían en una de las calles más alejadas del centro del Chinatown de San Francisco: timar a blancos que buscaban el exotismo de la impenetrable cultura oriental.
—Abuelita querida, esto va cada vez mejor. No solo vienen cada vez más, sino que además son cada vez más ricos. En unos pocos meses más, ¡nos vamos a Hollywood!
La anciana contempló embelesada la alegría de su nieta y la ayudó a cambiarse de ropa y a quitarse el maquillaje mientras la muchacha le contaba, como casi todos los días, sus fantásticos planes.
—Buscaré trabajo en las películas y tú me ayudarás con el vestuario y todo lo demás. Me haré famosa y viviremos como reinas.
—¿Tú crees que te dejarán salir en las películas, niña?
—Claro que sí, abuela. —Frente al espejo puso una cara maléfica y miró intensamente a su reflejo—. Allí necesitan a femmes fatales orientales que seduzcan al héroe, o que le salven de las garras de Fu Manchú. Y ya sabes que si es necesario puedo pasar por blanca. —La anciana le acarició el pelo y siguió mirándola con enorme afecto—. Saldré en esas revistas que nos gustan tanto a las dos y que te leo cada noche. Haré películas con el gran Douglas Fairbanks y directores como James Hardy me suplicarán que acepte un papel. Ganaré mucho dinero, tendremos una casa preciosa y viviremos las dos muy felices —dijo acariciando su mejilla con la arrugada mano de la anciana—. Comeremos pastelillos dulces, y nunca tendremos nada que temer.
—¿Te has fijado la cara que ponen cuando dices que soy tu descendiente? Nunca, ninguno, lo ha dudado ni por un momento.
—Me tengo que aguantar las ganas de reírme como la primera vez. Pero les encanta.
Llamaron a la puerta con los nudillos. Abuela y nieta se miraron extrañadas.
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