La última interpretación

28 de Abril de 2026

La última interpretación

José A. Bonilla


Siempre he preferido el reflejo de la vida a la vida misma. Si he elegido los libros y el cine desde la edad de once o doce años, está claro que es porque prefiero ver la vida a través de los libros y del cine.

François Truffaut


Olvidar es como una herida. La herida puede sanar, pero ya ha dejado una cicatriz.

Monkey D. Luffy, One Piece


El cine estaba acabado.

Sí, el cine como él lo concebía, como había sido concebido en el pasado, había muerto, mutado en un despliegue artificioso de CGI y actores digitales incapaces de dotar a sus escenas de la más mínima emoción. El consumo acelerado e impaciente de los devoradores de series, películas y animes, había convertido al medio audiovisual en un mercado de comida rápida de ínfima calidad: refritos, pastiches y guiones realizados a través de algoritmos IA cada vez más evolucionados, cada vez menos creativos. Al público le daba igual con tal de tener cada semana series y películas nuevas con las que alimentar su impaciencia. Las corporaciones que controlaban el mercado audiovisual se forraban a expensas de sus anodinas creaciones. Y eso que la Agencia Internacional de Derechos Humanos e Identidad Digital Cinematográfica, la AIDHIDC, había intentado —sin demasiado éxito— regular la presencia de avatares digitales en las producciones. Resultaba más rentable y fácil trabajar con identidades digitales que con caprichosos seres humanos con los que negociar salarios estratosféricos. Por desgracia, las IA y los cyberacts no despuntaban en cuanto a interpretación, así que una producción con una gran mayoría de estos productos digitales forzaba a disminuir el nivel interpretativo a los actores y actrices humanos, convirtiendo la mediocridad en normalidad. 

Kaito se resistía a aceptarlo.

En su última película, «El alma del verano», todos los papeles habían sido interpretados por verdaderos actores, lo que le había obligado a hipotecar su casa de Kobe. Aún conservaba el apartamento de Ginza en el que vivía, pero el resto de sus propiedades habían ido desapareciendo, escapando de entre sus dedos como arena de las playas de Hokkaido. Y no es que sus películas tuvieran malas críticas, en absoluto. Kaito Tanaka era considerado un referente entre los directores de su generación. Por desgracia, hacía un cine que ya no conectaba con el público, un cine que se consideraba clásico porque seguía utilizando recursos analógicos para plasmar las debilidades y sentimientos humanos en la pantalla. Con «El alma del verano» quemaba el único cartucho que le quedaba. Lo tenía decidido. A sus cincuenta y cinco años no se veía capaz de seguir luchando contra los CEO’s de las principales corporaciones, mendigando subvenciones para futuras producciones. Era consciente de que jamás le llegaría a la suela del zapato a maestros como Kurosawa o Yasujiro Ozu, que no haría películas tan bellas como «Cuentos de Tokio» o «Vivir», que sus obras no alcanzarían el éxito del «Godzilla» de los estudios Toho, ni crearían un género como los filmes de Takeshi Kitano. Pese a ello, a lo largo de su extensa filmografía —llevaba más de treinta películas a las espaldas— había querido ser honesto consigo mismo y mostrar la evolución de un Japón real que había acabado convirtiéndose en un turbulento escaparate anime. 

Dejándose llevar por los melódicos compases del jazz de Yosuke Yamashita, y dando un buen sorbo a un malta Yamazaki reserva de 2045, se asomó a la ciudad a través del magnífico ventanal que presidía su apartamento. Tokio no dormía y, desde su privilegiada situación, podía ver recortado contra el horizonte en tinieblas sus impresionantes edificios iluminados y las pantallas publicitando maquillajes rejuvenecedores con tecnología de microbots, móviles holográficos o los novedosos vehículos voladores que comenzaban a puntear el cielo de las megalópolis. Flashes de un mundo que había cambiado y que le hacía sentirse viejo, cansado, incapaz de coger el veloz tren que pasaba ante sus ojos. Tampoco tenía ganas. Y más aún tras las dos epidemias que habían arrasado el planeta durante el siglo XXI, en 2020 y 2061. De lo que no cabía duda era que aquel Japón se acercaba más al del «Akira» de Otomo o al «Ghost in the Shell» de Shirow que al del «El intendente Sansho» de Mizoguchi.

Dio otro sorbo al whisky, deleitándose con el sabor a madera del líquido ambarino. Cuánto echaba de menos aquellos tiempos en los que le invitaban a los festivales cinematográficos de Cannes, a la Berllinale o a San Sebastián. A Naomi le encantaban. Y a él le entusiasmaba verla tan feliz al asistir a las prèmieres y charlar con sus colegas de trabajo, desenvolviéndose con una habilidad sorprendente, innata. 


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