La Última Hibakusha
La entrevista
Me mezo en mi vieja silla de madera, ya casi tan antigua como yo. Respiro con la debilidad de un gorrión herido. Cada inspiración me sorprende; aún me cuesta creer que este cuerpo centenario siga viviendo un día más. Total, ¿para qué?
Siento el calor de un rayo de sol en mi tez arrugada, proveniente de la ventana. La última vez que vi la luz fue el fogonazo más intenso jamás registrado. Y después de aquello… oscuridad y dolor, durante años y años. Tal y como va el mundo, lo peor es que sé que todo ese sufrimiento habrá sido inútil. Espero que la próxima bomba no me pille con vida.
En la distancia, escucho el timbre y los pasos cansados de mi hija dirigiéndose a la puerta de entrada. El canto desesperado de las cigarras me recuerda que, ahí fuera, todavía es verano. Suspiro y me sumerjo en mis recuerdos, pero no tardo en ser interrumpida por dos figuras que entran a la salita. Al parecer, esperaba visita y lo había olvidado.
—Okāsan, mire quién ha venido a Hiroshima desde Tokio para hablar con usted —dice mi hija con voz titubeante.
—Hola, hīobāsan, ¿cómo está? —me saluda, con estudiada formalidad, un joven al que no recuerdo. Debe de ser alguno de mis nietos o bisnietos, pero no sé cuál, ni tampoco sé con qué intenciones nos visita. Hace años que ninguno de ellos viene a vernos.
Mi hija se percata de que estoy molesta por esta perturbación en mi rutina y, apresuradamente, me explica por qué el joven está aquí.
—¿No recuerda a Hideo-kun? Es hijo de mi hija pequeña, el joven estudiante de periodismo que quería entrevistarle. Me dijo usted que no le importaba explicarle algunas cosas.
—Exacto, Yukiko, ¡no me importa porque a nadie le importa lo que tengo que decir! —respondo, pero del ímpetu me entra un ataque de tos durante varios minutos.
Después de beber un té preparado por mi hija, los dos se sientan a mí alrededor en silencio.
—¿Aún sigues aquí, joven? —pregunto tras unos minutos, con la esperanza de espantarlo.
—Sí, hīobāsan. Y, ¿sabe qué? —el chico responde subiendo el tono—. A mí también me dan igual sus batallitas de guerra, pero la universidad me obliga a recoger su testimonio, así que lo mejor para los dos es terminar cuanto antes.
Doy un respingo que hace crujir la silla. No me esperaba una respuesta tan descarada. Siempre me tratan con aparente amabilidad y reverencia, casi con admiración. «Oh, la última hibakusha», exclaman; y, después, ignoran mis advertencias.
—¿Cómo decías que te llamabas? —pregunto intentando ocultar mi sorpresa.
—Hideo —responde con firmeza haciendo una leve reverencia—. Mire, solo le haré unas preguntas y me iré. Todos en la familia sabemos que está harta de vivir.
—¡Hideo-kun! —le reprende mi hija con tono de indignación.
—Déjalo, Yukiko, el joven tiene razón. Sí, cada palabra supone para mí, a estas alturas, un gran esfuerzo, y lo único que deseo es volver a mis tiempos de niña, cuando estaba sana, podía ver y vivía felizmente con mi familia.
—Pues hábleme sobre ello, por favor —dice Hideo con voz más suave. El chico trastea con unos aparatos tecnológicos que ha traído, y escucho un pitido de grabación—. Este dispositivo que llevo en mi muñeca transcribirá todo lo que diga, usted solo tiene que hablar. ¿Cómo era su infancia antes de la bomba, hīobāsan?
—¿Y por qué te interesa tanto, justo ahora, joven? Hacía muchos años que no te veía.
—Es cierto, debería venir más a menudo, pero con los estudios no tengo mucho tiempo, discúlpeme.
—Así que periodista, ¿eh? —pregunto al aire, más para mí que para mis acompañantes.
—Sí, trabajar para el gobierno es lo más estable ahora mismo. Además, la tecnología lo hace casi todo.
—En mis tiempos, los periodistas eran de vocación.
—¡Yo también tengo vocación! Pero quiero asegurarme un futuro.
—Labrarte un futuro informando sobre lo que los de arriba quieren que se sepa.
—Hīobāsan, nos estamos desviando de la entrevista. ¿No le apetece contarme lo que recuerda de su infancia?
—Está bien, hace tanto tiempo ya de eso… Pero esta será mi última entrevista. —Me concedo un momento para recordar, y mis acompañantes esperan con paciencia—. Hiroshima era una ciudad muy importante en la época en la que yo era niña. Estaba llena de vida, de naturaleza, de familias… Es cierto que la guerra fue dura para todo el país. Mi hermano mayor se alistó al ejército y regresó sin una pierna, pero al menos volvió con vida. La comida escaseaba algunas temporadas, y recuerdo como mi madre preparaba siempre arroz y verduras, que conseguía intercambiando labores de costura en el barrio.

