LA TUMBA DE BARRO
LA TUMBA DE BARRO
Alicia Sánchez
Amiens (Francia)
Julio de 1929
Lena
Lo noté nada más poner el pie en el suelo.
Era un temblor leve, una vibración apenas perceptible que parecía llegar del centro mismo de la Tierra. Sentí como si el suelo de madera del hotel se hubiera ablandado y fuera capaz de registrar los movimientos más mínimos del subsuelo. Me sentía febril y mareada, como si me encontrara al pie de un precipicio y me sobreviniera un repentino ataque de vértigo.
Nunca antes había experimentado un malestar parecido pero, a pesar de ello, decidí no darle demasiada importancia. Lo atribuí a los nervios y a la falta de sueño. El viaje en avión desde Los Ángeles había sido largo y accidentado. Las turbulencias típicas de los vuelos transatlánticos fueron más intensas de lo habitual y casi todos los miembros del equipo llegamos a Francia indispuestos.
Me tomé una aspirina, me duché con agua muy caliente y, tras un breve desayuno en el restaurante del hotel, bajé al hall a la hora acordada. Aunque seguía mareada, dejé de sentir el temblor.
Cuando llegué, casi todos mis compañeros estaban ya congregados. El director de la película, James Hardy, quería llevarnos a la zona donde se rodarían los exteriores para, de esta manera, entrar en contacto con el que sería nuestro proyecto durante los próximos meses. Una superproducción bélica que recrearía una de las contiendas más famosas de la Primera Guerra Mundial, la batalla del Somme. La película, una de las primeras producciones norteamericanas de cine sonoro, se rodaría muy cerca de allí, en el mismo valle donde tuvo lugar la batalla real.
Cuando mi agente me ofreció el papel de Inge, una malvada espía alemana, mi primera intención fue rechazarlo. Se trataba de una excelente oportunidad para mi carrera profesional, pero temía que aquel proyecto removiera mis traumas del pasado. En aquel valle maldito, sepultado en una fosa anónima sin otra mortaja que el barro y la metralla, yacía el cuerpo de mi marido, Maximillian. Tenía tan solo veintidós años cuando murió. Nos casamos una semana antes de que partiera hacia el frente y no volví a verlo nunca más. Ninguno de sus compañeros sobrevivió para poder explicar qué había sido de él. Solo sabía que había caído allí, en algún lugar del valle, y que estaba enterrado en una tumba anónima que nunca nadie honraría. La tumba de un soldado alemán en territorio enemigo.
Al final acepté el trabajo. Lo hice para sentirme cerca de Maximillian, llorar sobre la tierra yerma que lo cubría y tratar de recuperar la paz después de tantos años de zozobra.
En el autocar, nadie quiso sentarse a mi lado. Yo era la única alemana del equipo y, aunque el resto de compañeros se esforzaban por tratarme con educación, e incluso con simpatía, no podían olvidar que yo seguía siendo el enemigo. Habían pasado más de diez años, pero las heridas de la Primera Guerra Mundial todavía estaban abiertas. Por suerte, mi origen germánico no había sido un inconveniente para encontrar trabajo en los Estados Unidos, sino todo lo contrario. Hollywood necesitaba con urgencia actores alemanes para interpretar papeles como el de pérfido oficial del Imperio o de Mata Hari bávara. Eran roles secundarios llenos de tópicos que nos ridiculizaban de forma cruel, pero ese era el precio que debíamos pagar.
Cuando llegamos a nuestro destino y bajamos del autocar, nadie fue capaz de pronunciar ni una sola palabra. A pesar de los años que habían transcurrido, el valle del Somme seguía siendo un paisaje desolado. Las bombas y las minas habían creado una serie de enormes cráteres que parecían moverse lentamente, como dunas en una tormenta de arena. Aunque se habían talado la mayoría de árboles, todavía quedaban algunos troncos, tan negros y retorcidos que parecían cuerpos calcinados. Los surcos de las antiguas trincheras serpenteaban de un lado a otro como profundas heridas en la tierra y, en lo alto de las lomas, restos de la alambrada de espino se recortaban en el cielo, como testigos mudos de aquella tragedia. Olía a muerte y a destrucción.
Volví a marearme, volví a sentir el temblor. La tierra bullía como sopa en un caldero. A cada paso que daba, me hundía en la superficie embarrada, adentrándome en un lodo caliente y pegajoso. Llegué, incluso, a tener la sensación de que una mano surgía de la tierra para sujetar uno de mis pies y llevarme hacia dentro. Miré de reojo a los demás compañeros, pero nadie parecía darse cuenta de nada. La tierra latía como un inmenso corazón doliente y solo yo parecía percibirlo. Tuve que volver al autocar. Únicamente allí me sentía a salvo.
Oliver
Siempre he tenido la teoría de que mis resacas son diferentes dependiendo del país donde me encuentro. En Inglaterra, mi tierra natal, eran secas y duras. Me provocaban un dolor de cabeza intensísimo y, por mucha agua que bebiera, la garganta me quedaba como papel de lija. Cuando llegué a Estados Unidos y cambié la ginebra por el bourbon, mis resacas se volvieron húmedas, vomitaba con mucha más frecuencia y me pasaba el día cubierto por un desagradable sudor caliente y gelatinoso. Pero las resacas en Francia eran otra cosa.
Nunca antes había tenido una sensación semejante. Nada más levantarme por la mañana, tras mi primera noche en Amiens, todo empezó a girar a mi alrededor. Me vi obligado a sujetarme a la pared para no caerme. Cuando logré levantarme, tuve la sensación de que el suelo cedía bajo mis pies, como si caminara sobra arenas movedizas. Hasta que no volví a beber no logré detener esa insoportable vibración que alteraba todavía más mi ya precario sentido del equilibrio. «Eso me pasa por beber bazofia», me dije a mi mismo. La noche anterior me había emborrachado con el vino peleón de la única taberna abierta en el pueblo; un vino barato de sabor áspero que me cayó en el estómago como una descarga de ácido corrosivo. Pero no tardé en comprobar que mi estado no dependía del tipo de alcohol que bebiera. A partir de aquel día, todas las resacas fueron iguales. Aunque la noche anterior hubiera tomado un fino borgoña o un whisky de importación la sensación era la misma. Entré en una especie de espiral de irrealidad, en un estado de delirium tremens cada vez más insoportable e intenso. Sin duda alguna, había entrado en una nueva fase en mis viejos problemas con el alcohol, una fase peligrosa, pero eso no me desalentaba. Seguía bebiendo con el mismo entusiasmo de siempre, e incluso más.
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