La Sombra De Hiroshima

20 de Abril de 2026

Hiroshima, 1945


Aquella mañana, las alarmas todavía no habían despertado. Exhaustas por el transcurso de las últimas semanas, su voz permanecía adormecida, concediendo a los habitantes de la ciudad una frágil tregua, un impás que todos recibieron con silenciosa gratitud. Aquella condenada guerra se estaba alargando demasiado: el hambre, el cansancio y el hartazgo de la tragedia empujaban a claudicar, a bajar los brazos y aceptar una paz que les permitiera regresar junto a los suyos, a su diminuta patria privada oculta en las montañas del interior. De aquí a un tiempo, Mamoru Kogure se sorprendía con ideas que jamás osaría pronunciar en voz alta frente a sus subalternos. No si lo que deseaba era mantenerse con vida en caso de que aquella insospechada paz se abriese paso a trompicones.

El sol despuntó rojo sobre el mar al amanecer, y ascendió por el cielo hasta incendiar los cúmulos de nubes que oscilaban largas y estrechas en dirección a la ciudad. Unos ojos optimistas hubieran creído estar contemplando algún tipo de augurio alentador; no obstante, Mamoru Kogure, telegrafista de la Quinta División del Ejército de Japón, no era ningún necio. A estas alturas de la guerra, él sabía que todos los necios yacían muertos bajo tierra.

Apenas eran las ocho de la mañana y el sudor ya había convertido el algodón de su camisa en una segunda piel grisácea y deslucida. Desde bien temprano, la radio y los telégrafos echaban humo, intercambiando escuetos mensajes repletos de notas e instrucciones cada vez más fútiles. De vez en cuando, una voz lejana y apática rompía el rasgado de la radio para emitir un breve comunicado antes de enmudecer, como si de una misteriosa cacofonía se tratara, como una voz familiar proveniente de otro plano. En ocasiones, Mamoru se imaginaba escribiendo notas en pedazos de papel. Notas que, en su imaginación, doblaba con esmero para, a continuación, lanzarlas en forma de avioncitos a un vacío profundo e inexplorado. Un lugar inhóspito y sin respuestas del que nada parecía regresar.

De pronto, la señal de comunicaciones se interrumpió y uno de los técnicos se zambulló en un mar de cables de colores dispuesto a solventar el problema. Los presentes suspiraron aliviados por la inesperada tregua. Algunos intercambiaron unas pocas palabras entre ellos. Hablaban bajo, convirtiendo cada conversación en algo privado, casi secreto, que no deseaban compartir. Otros sencillamente se recostaron en sus asientos y fijaron los ojos en rincones de su memoria, donde se escondía el recuerdo de quienes amaban, de quienes habían perdido y a quienes deseaban reencontrar. Mamoru aprovechó la oportunidad para salir al exterior a fumar un cigarrillo. Los ventiladores de la sala de comunicaciones no funcionaban desde hacía semanas, y el calor de la estancia envolvía a los presentes adormeciendo la mente. Una vez abajo, tanteó la cajetilla en busca de un cigarro. Cuando la guerra terminara, dejaría de fumar. Eso haría feliz a su esposa, Mimiko. Ella detestaba el olor a tabaco impregnado en la ropa y, a menudo, le recordaba que debía fumar en la ventana cuando se encontraban en casa, en su modesto apartamento junto al río. Casi podía verlo desde allí, sentado en las escaleras a la salida del edificio de telecomunicaciones de la base. Iban a cumplirse dos años desde que ella y su hijo se mudasen a casa de sus suegros debido a la guerra. No pocas familias optaron por emigrar al interior del país en busca del refugio que ofrecían las humildes aldeas del Japón más rural. Suspiró con solo pensarlo. Quizá sería buena idea mudarse allí definitivamente cuando todo aquello acabase. Ya no le importaban la victoria o la derrota, tan solo deseaba reencontrarse con los suyos y contemplar las nubes sin temor a ver pasar entre ellas las sombras de los bombarderos.

Al pensarlo, alzó la vista casi por instinto y oteó el cielo. Había algo extraño en aquel sol escarlata. Una suerte de rabia contenida, un dolor sostenido que hacía arder en llamas las nubes sobre su cabeza y lo teñía todo de aquel rojo tan intenso. Sin duda, aquella guerra se estaba alargando demasiado, y el mismo cielo sobre sus cabezas era prueba de ello. Mamoru golpeó varias veces el paquete de tabaco hasta que asomó la punta de un cigarrillo. El hombre se lo llevó a los labios saboreándolo un segundo con la punta de la lengua. ¿Dónde demonios habría dejado las cerillas? En cualquier momento, la señal regresaría y alguno de sus compañeros se asomaría por la ventana, instándolo a regresar a su puesto de trabajo. Rebuscó sin éxito en los bolsillos del pantalón. ¿Quizá en el bolsillo del pecho de la camisa? ¡Bingo! Introdujo dos dedos y, junto a las cerillas, extrajo una foto protegida mediante una funda de plástico. Apartó el cigarro de su boca y esbozó una tierna sonrisa. El crío de la foto lo miraba con ojos ingenuos y confusos, propios de quien no comprende que es una fotografía. En la imagen no debía de contar con más de tres años. ¿Quién sabe cómo se vería ahora? Hacía un año que no veía a su familia. La demandante situación de la guerra se lo impedía. Tan solo esperaba que estuvieran bien y que el hambre no los estuviese castigando demasiado. Todo cuanto podía hacer era confiar en los mensajes que recibía de cuando en cuando a través del telégrafo que guardaba en el salón de su apartamento junto al río.

—Lo recuerdas, ¿verdad, Kiminobu? Es un telégrafo, como el que tenemos en nuestra casa de Hiroshima. El mismo en el que solíamos practicar antes de que vinierais a vivir con la abuela.


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