LA PIEL CONTRA LAS PAREDES DEL MUNDO

28 de Abril de 2026

LA PIEL CONTRA 

LAS PAREDES DEL MUNDO

Víctor Conde

El viento del oeste siempre estaba demasiado ocupado como para desperdiciar una sola mirada en ellos. Los hombres que iban todos los días a trabajar a Shinning Canyon lo oían soplar por encima del perfil de las colinas, lamiendo los bordes del cañón, pero nunca lo notaban soplando en sus caras. Quizás fuera que el viento tenía miedo de ensuciarse si tocaba aquellos rostros ennegrecidos por el carbón.

La hilera cabizbaja de mineros se alineaba ante la entrada de la caverna, y esperaba pacientemente a que les tocara su turno para entrar en el ascensor. Era una caja de metal muy grande dividida en celdillas, donde los hombres se apretujaban como perros de presa en el remolque de algún cazador, piel contra piel, nuca contra nuca, sudor contra sudor… apretados como arenques. Estaban tan hacinados dentro del ascensor que cada cual podía notar el calor en su mejilla de los cigarrillos que el hombre de al lado se había fumado nada más levantarse de la cama. A pesar de lo comprimidos que estaban, sus mentes estaban lejos, en sus respectivas casas, tumbadas entre sábanas al lado de sus esposas, y por eso cada hombre apenas era consciente de la presencia de sus compañeros excepto como una hosca agitación al otro lado de sus camisas.

Ed Wetterman era una de esas pieles, correosa como la que más. Como el patronato no les proporcionaba ningún tipo de uniformidad, cada trabajador traía lo que bien podía de su propia casa, lo que hacía que todos parecieran hombres distintos pero iguales en cierto sentido. Llevaba puestos unos calzones, un pañuelo atado a cuatro nudos, una camisa vieja que antaño fue de un color distinto, y unas alpargatas anudadas al talón con una cinta. Abajo, en las tenebrosas profundidades, en la cámara de intercambio iluminada por quinqueles de petróleo, les aguardaban sus herramientas, las mismas de todos los días. Las que pasaban de mano a mano y de hombre a hombre sin un minuto de descanso: los picos, las palas, el hierro, el cinc, el estaño.

—Qué, Wetterman, ¿cómo se han despertado hoy los pajaritos…?

La voz procedía de uno de los hombres que estaban pegados a él. Giró el cuello todo lo que pudo hasta encontrarse con la mirada cínica y llena de malevolencia de Barnaby Ware, de todos sus compañeros de faena aquel al que más odiaba. Y tenía motivos: en una mina de carbón se daban cita muchas clases distintas de hombres: los que no habían tenido oportunidad de estudiar ni de aprender un oficio; los que estaban huyendo de algo; los que venían persiguiendo algo; los que cargaban con un secreto tan oscuro que solo allá abajo, en la oscuridad, se sentían cómodos con él… Y luego había un tipo de hombre que, sencillamente, tenía el corazón tan podrido que no sobrevivía mucho tiempo en ninguna parte. Daba igual dónde intentara echar raíces, siempre acababan echándolo a patadas por indeseable. El único lugar del mundo que les quedaba libre eran las profundidades, allá donde no eres sino una piedra más. Un pulmón que respira aceite.

—Vete a la mierda, Ware —masculló, e intentó devolver sus pensamientos a donde debían estar: en la cama, con su esposa.

—No me trates así, si ya prácticamente somos familia. ¿Qué otro pretendiente, aparte de mí, iba a lograr tu querida hermanita? ¿Acaso sus pajaritos dejarían que otro hombre que fuera solo un poco más decente que yo se le acercase? ¿O no piensas en su felicidad?

Ed lo miró con asco infinito y apretó los puños. No quería tener aquella conversación, no delante de tantos compañeros que no tenían nada mejor que hacer en aquella lata de conservas que no fuera afinar el oído a ver de qué chisme nuevo podían enterarse. Era de dominio público que la hermana de Ed, Isabel, no era del todo… normal. Los dos habían nacido en el seno de una familia de mineros, y su relación con Shinning Canyon se remontaba muy atrás, casi a la época en que la mina fue descubierta en la era de las grandes exploraciones del sur y del oeste. Su abuelo había sido el primero en cavar una zanja en busca de agua en aquellas tierras, y su padre había concluido la cabaña que él empezó. Pero entonces llegaron los hijos de este último, y estaba claro que Dios se había enfadado por algún motivo con ellos, porque algo fue muy mal con la pequeña Isabel.


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