LA PEQUEÑA MORALES
LA PEQUEÑA MORALES
Juan Pérez de la Torre
La humedad y el frío se hundían en los huesos del teniente Payne. No era una sensación ajena a él. Los inviernos en Chicago eran duros y el viento no ayudaba en absoluto. Sin embargo, el ambiente gélido de aquel viejo muelle resultaba especialmente desagradable.
Payne quería salir de allí rápido, hacer el papeleo pertinente, informar al comisario y volver a casa. Los días así eran los más aburridos de su trabajo y cada día los aguantaba peor. Pura rutina. Pero aquella noche, algo rompió el tedio.
Una vieja libreta, pequeña, de cuero negro, sobresalía por debajo de una de las decenas de cajas del almacén. En otras circunstancias la hubiera obviado, pero no era habitual encontrar material de lectura en un sitio así. El teniente se agachó. Sacudió un poco la libreta para quitar la suciedad y la abrió.
En la primera página firmaba su dueño, un tal Alexander Davis. En las siguientes páginas, entre garabatos y anotaciones en las esquinas, Payne descubrió que el diario era propiedad de un detective privado. Casos de poca monta, llenos de celos y cuernos, llenaban las páginas, con un aire de grandeza un tanto absurdo, hilarante incluso. Payne miró a su alrededor por un momento. Williams y Smith iban bastante retrasados con su parte, así que tenía tiempo que perder en la lectura. Se apoyó en una caja y empezó a repasar la vida del señor Davis, saltándose párrafos y partes aburridas.
El diario se dividía en tres tipos de capítulos. Por un lado, estaban las meras anotaciones técnicas (nada interesante salvo para los compañeros de la profesión). Direcciones, números de teléfono, nombres y apodos un tanto ridículos. Payne reconoció a alguno de los que mencionaba Davis, dentro de la pila de delincuentes comunes que más de una y dos veces habían pasado por la comisaria. Visto el volumen de las anotaciones, Davis no era precisamente nuevo en esto.
Por otro lado, Davis se creía un personaje de la Black Mask. El típico tipo duro que amedrenta a los villanos y enloquece a las mujeres. Payne llevaba el suficiente tiempo en el cuerpo de policía como para saber que esa imagen novelesca del detective privado era una majadería. El policía no podía dejar de sonreír. Sin duda Davis se tenía en muy alta estima.
Pero sí había historias interesantes en aquel librito. Cuando el detective se dejaba de florituras y se centraba en los hechos de un caso, la lectura ganaba enteros. Así pasaba con las últimas páginas del diario.
24 de septiembre
4:20 de la tarde
Cuando llegué al despacho hoy, Jen ya se había marchado a comer. No me extraña. Su jefe le paga poco y encima, llega a trabajar con resaca. No todo el mundo es capaz de aguantarme. Por eso Jen puede hacer lo que quiera, mientras mantenga el café caliente, el papeleo ordenado y mi agenda llena. Y hablando de café, recuerdo que mi taza aún estaba caliente cuando llamaron a la puerta del despacho. Una voz dulce me hizo darme la vuelta.
Era la señorita Elena Morales. Pequeña y tímida, una latina de clase baja con muchas curvas. Me contó, aguantando apenas el sollozo, que su hermana pequeña se había juntado con malas compañías y llevaba tres noches sin aparecer por casa. No me extrañó. Kesha siempre había sido algo alocada y la cosa no mejoró cuando cumplió los quince años.
Sin padres que preocuparse por ellas desde hacía una eternidad, las muchachas habían pasado de ser hermanas a casi madre e hija. Para ellas yo era poco más que un vecino borrachuzo, pero entendí de inmediato que necesitaban mi ayuda. No dudé ni un segundo. El caso no iba acompañado de una generosa suma de dinero, precisamente, pero tampoco parecía difícil de resolver. Tanto para bien o como, intuía yo, para mal.
Pase por el último sitio en el que había sido vista la joven, el Lorraine Club. Es un local de moda entre los que buscan algo salvaje para empezar la noche. Cuando llegué, era pronto para fiestas, aunque los camareros ya estaban preparando las mesas y los matones merodeaban en los alrededores para que nadie fastidiara la velada antes de tiempo. Uno de ellos, quizás el más grande y feo de todos los matones del barrio, hizo bien su trabajo y me detuvo nada más verme.
Normalmente, en contra de lo que piensan las viejas, los casos de chicas desaparecidas no suelen estar relacionados con grandes nombres. En esta ciudad, los malos con mucha pasta no necesitan buscarse problemas para conseguir compañía femenina. Los malos con poca pasta, sin embargo, son harina de otro costal. Además, ese tipo de gente no se puede pagar la lealtad de alguien como Buck (nombre apropiado para un gorila como él). Así que no tenía necesidad de artimañas para conseguir información. Una foto vieja de la chica y un par de preguntas después, Buck me dijo lo que tenía que saber. La chiquilla era una habitual del local, pero hacía tres días que no la veía por ahí. Al parecer, la pequeña y revoltosa Morales tenía predilección por las caras nuevas. Según Buck, si te conocía una noche, esa noche eras suya y, al día siguiente ya no se acordaba de ti.
La última noche que bailó en el local acabó agarrada del brazo de Jack Warren, un niñato que quería ser un gangster y no llegaba ni a pisapapeles. El amable Buck me dijo que si quería localizar al chaval, no era raro verle intentando hacerse un hueco en el puerto, aceptando trabajos de medio pelo. Ya tenía plan para esta noche.
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