LA CIUDAD GRIS
LA CIUDAD GRIS
Sheila Moreno Griñón
Sentía auténtico vértigo al volver a pisar las calles de Los Ángeles. Y resulta extraño sentir vértigo cuando, como yo, siempre se ha vivido en las alturas.
La última vez que puse mis pies sobre aquella ciudad el ambiente era gris. La gente guardaba cuidadosamente sus sonrisas (quizás esperando a un futuro mejor para sacarlas a la luz) y aquellos rostros cenicientos buscaban a ciegas un líder que los guiase.
Ahora todo el mundo hablaba de los cambios que había experimentado la ciudad. Todo el mundo hablaba del cine, de James Hardy, el director, y de Lena Meier, la belleza bávara.
Pero yo sabía la verdad.
Puede que las sonrisas estuvieran talladas en la cara de las personas de forma burda y teatral, puede que las faldas de las mujeres fuesen más cortas, y puede que los edificios fueran altos e imponentes. Pero lo cierto era que Los Ángeles seguía siendo tan gris como lo era cuando me marché.
John no me miraba. Llevábamos muchos años sin vernos. Sabía que sus ojos serían más sinceros que sus misivas. Escondía un secreto, como el brazo izquierdo que le faltaba y del que nunca hablaba.
Apuré el café pensativo, casi soñador. Sabía que mi reencuentro con Los Ángeles no sería fácil, aunque no imaginaba que el dolor siguiera tan latente. Mi amiga Sheila ya no estaba, y el apuesto doctor Donovan hacía tiempo que había desaparecido. Solo me quedaba John. Mi querido John.
Me levanté de la mesa dejando un par de billetes arrugados para pagar la cuenta. Entonces John me agarró del brazo. Me miró con unos ojos azules que casi me suplicaban volver a sentarme.
Quise zafarme de su mano, que me apretaba con dureza. En cambio, le devolví la mirada esperando que me dijera lo que se había callado durante nuestro encuentro.
—Volvamos a vernos —susurró con voz temblorosa—, esta noche, detrás del Dream Spirit.
Asentí solo esperando que me soltara. La sensación de su mano en mi brazo no desapareció en toda la jornada.
Cuando llegó la noche sentía el estómago pesado y el brazo entumecido. Había dado vueltas a la posibilidad de no acudir a mi cita con John, pero sus ojos… sus profundos ojos azules. No podía irme de la ciudad de nuevo dejando todo a medias. No podía abandonar mi pasado sin saber siquiera qué le había sucedido.
Recordaba el Dream Spirit como un cuchitril lleno de mujeres de mala fe y borrachuzos. Con la Ley Seca se había convertido en un espacio de jazz suave y conversaciones ingeniosas. Sin embargo, sus calles traseras seguían siendo estrechas, humeantes y hediondas. El lugar donde los mendigos meaban. Estaba seguro de que los que vivían allí pasaban más horas fuera de su casa que dentro. Era la clase de sitio donde alguien te apuñalaría antes de saber si llevabas dinero o no encima. La clase de sitio en la que un cadáver solo es descubierto cuando los perros empiezan a devorarlo.
John apareció justo en el instante en el que había decidido marcharme: llevaba el pelo negro pegado al cuero cabelludo y un elegante y sofisticado traje que no disimulaba en absoluto el brazo ausente; la manga se movía con cada paso.
—Vamos, vamos —se apresuró a decir con su mejor sonrisa.
Yo caminé por donde él me guiaba, animado por sus palmadas en la espalda.
Paramos ante una puerta de madera carcomida y picaporte oxidado que parecía poder ser forzada por cualquier niño con un poco de maña. Mi compañero golpeó en ella siete veces: tres golpes, luego uno y tres golpes otra vez.
Un hombre ancho y de cejas muy pobladas nos abrió con una rudeza tal que temí que la puerta se desmontase. Fuimos junto a él por un angosto pasillo que olía a humedad.
A medida que nos adentrábamos en él, noté cómo el ambiente se cargaba con aroma a tabaco. El pasillo acababa en un salón lleno de mesas redondas con tres o cuatro personas sentadas alrededor de cada una.
El sitio era oscuro, a excepción de la luz que se iluminaba en el escenario: en él, cuatro mujeres vestidas con encajes rojos bailaban con un ritmo lento e hipnótico. Mi mirada se mantuvo en la cadencia casi irreal en la que se movían con jazz mientras una pequeña banda tocaba envuelta en la penumbra.
Hubiera seguido perdido en aquel baile y melodía, si no hubiese notado la mano de John en mi hombro.
—Ven, siéntate —indicó señalando una de las mesas.
Le seguí casi mareado y cuando fui consciente de algo que no fuera el ritmo, me di cuenta que el otro olor que inundaba mis fosas nasales, además de la humedad y del tabaco, era el del alcohol
Miré a John un poco perdido, sabía que si se iniciaba una redada en aquel lugar podríamos acabar en la cárcel… pero pareció leerme el pensamiento, porque él mostró una hermosa sonrisa y me animó a relajarme. Quise poner alguna excusa para marcharme, pero posé mis ojos en el brazo que ya no existía y me senté en la mesa.
No quería tomar alcohol. Estaba asustado de una forma casi irracional, pero John insistió en que tomara vino, un vino fuerte en textura, sabor y graduación.
—¡Licor californiano de primera! —señaló mi amigo.
Nos trajeron dos copas en apenas unos minutos: la mía era roja como el encaje de las bailarinas; la bebida de John en cambio era marrón, un buen whisky en vaso grande y sin hielos.
La conversación tardó en iniciarse. John se mantenía en silencio, escudriñándome, esperando a que dijera la primera palabra, y lo cierto es que el alcohol ayudó a desatarme la lengua cuando empecé la tercera copa.
Empezamos a hablar de los viejos tiempos. De los años anteriores a que las máquinas se hicieran con la ciudad, antes de que los actores lograran el control de buena parte de California, antes de que yo me marchara y de que John tuviera un brazo cercenado.
Descubrí pronto que a mi amigo no le interesaba hablar de nuestro pasado, todavía no. Se interesaba por mí, por mi vida durante la guerra.
El alcohol ya hizo su efecto en mi garganta, en mi estómago y, sobre todo, en mi cabeza. Así que empecé a hablar del circo en el que trabajé: de cómo nos movimos por zonas en las que la Gran Guerra no había hecho su efecto y en otras en las que sí lo había hecho, pero arañábamos igualmente algunas monedas a la población. Noté en seguida que el tema se ensombrecía y empecé a narrar la magia del circo: de las luces, los colores, del forzudo de Bill, la barbuda de Violet o los engendros que fuimos teniendo a lo largo de los cinco años en los que deambulamos en caravana de un lado a otro.

