LA CASA DEL ESTE

27 de Abril de 2026

LA CASA DEL ESTE

Ángel Codón Ramos


DEL DIARIO DEL Dr. CHRISTIAN DONOVAN, M.D.


Rockport, Massachussets, 

3 de mayo de 1920


Hemos llegado a las once, según lo planeado. Creo que es la primera vez que tomo un tren que llega con puntualidad a su destino, aunque Laura dice que exagero, como siempre hace cuando quiere relajarme. Sabe que estoy nervioso por el cambio de aires y ha querido entretenerme y ponerme de buen humor, ¡y eso que ha tenido un horrible dolor de cabeza durante los tres días de viaje! Nunca podré agradecerle lo suficiente al buen Dios el haberla puesto en mi camino.

He de reconocer que el pueblo es bonito, aunque ahora mismo está cubierto por una bruma azulada y el cielo se presenta como un espejo vaporoso de color plomizo, como un escudo bruñido, pero supongo que es así como debe amanecer todo pueblo costero que se precie de serlo. Definitivamente, esto no se parece en nada a mi California natal, pero creo que me gustará. Eso sí, me preocupa Laura. Sé que la luz del sol es un recurso vital para su forma de entender la vida. Pero bueno, tal vez la primavera sea más tardía aquí. 



Más tarde…


Laura casi se desmaya cuando ha visto la casa en la que nos han alojado. La llaman la Maison Est, en francés. Está justo en el acantilado, sobre las rocas. Las olas pegan contra su base como si quisieran arrancarla de cuajo. La localización es privilegiada, como deben serlo las vistas, pero es cierto que la casa ha vivido tiempos mejores. Se trata de un casón de estilo colonial que lleva años abandonado. 

Al parecer, es la casa en la que se aloja, de forma gratuita, el médico asignado al pueblo. Mi predecesor, que murió hace ya casi dos meses, decidió no habitarla en su momento. Según me dijo uno de los mozos que trajeron las maletas, salió de la casa la primera noche y decidió no volver a vivir en ella durante los casi treinta años que sirvió en el pueblo.

Me gustaría contarle esta anécdota a mi amigo, el buen doctor Herbet West, que gusta de este tipo de historias disparatadas. Es una pena que no sepa de él desde la guerra. Fue una de las pocas personas que permaneció a mi lado tras mi caída en desgracia. Teníamos una forma similar de entender la ciencia y el conocimiento humano.


Más tarde…


No entiendo la reticencia del viejo médico ni la de Laura, a no ser que sea por el tono morado oscuro (ya que según cuentan, en origen era blanca) que ha teñido la madera a lo largo de los años. El carpintero del pueblo dice que, quitando algún desconchón y algún tablón podrido aquí y algún escalón cuarteado allá, la casa se encuentra en buen estado. Se ha ofrecido a darle un repaso el mes que viene. El precio me ha parecido inmejorable. Ya le he comentado a Laura que debemos hacerle una visita y llevarle una de las deliciosas tartas con las que ella deleitaba a nuestras amistades en el oeste.

Yo, por mi parte, no puedo tener queja alguna sobre esta casa. Me llena de paz. Esta tarde dejé a Laura en el salón, con sus lecturas, y subí a la habitación abuhardillada del ático. Parece que el dueño original tenía aquí su despacho. Sospecho que también era hombre de ciencia, tal vez otro médico. Y esto lo deduzco por el escaso instrumental que ha sobrevivido a lo largo de los años: probetas, matraces, instrumental quirúrgico un tanto anacrónico… Un hombre de intereses variados, sin duda. Tal vez un diletante.

El caso es que esta casa ha supuesto para mí, de forma súbita, una relajación considerable. Me puse a mirar por una gran ventana circular que daba al mar y se me pasaron las horas. Fue realizar el gesto de limpiar un poco el polvo del cristal con la mano y quedarme prendado del violento danzar de las olas y la espuma. Empecé a otear el mar poco antes de las cinco y lo siguiente que recuerdo es que Laura me llamó la atención pasadas las siete. ¡Qué curioso! Cualquiera diría que no habían pasado más que unos minutos. ¡Ojalá esta casa consiga calmar mi insomnio! Sería algo estupendo, sin duda.


4 de mayo de 1920


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