Grulla De Papel

20 de Abril de 2026

En memoria de Sadako Sasaki.


Aquella era la primera vez que Yuji acudía al Parque Conmemorativo de la Paz de Hiroshima, memorial dedicado a las víctimas de la bomba atómica del 6 de agosto de 1945. Se encontraba allí, en pleno verano, por una excursión organizada por su instituto para conmemorar el 80.º aniversario de dicha tragedia y, la verdad sea dicha, a Yuji no le hacía mucha ilusión. Tenía doce años, y un millón de cosas más divertidas que hacer que asistir al aniversario de unos hechos que, cuando ocurrieron, ni siquiera sus abuelos habían nacido. Al menos iba con su amigo Watanabe, cuya presencia siempre le entretenía y divertía. Sin él, la excursión hubiera sido todo un muermo.


Hacía dos días que habían llegado a la ciudad de Hiroshima desde Tokio en shinkasen. Por la tarde, los profesores los habían llevado al Museo de la Paz, donde vieron cosas más interesantes de lo que Yuji habría pensado: como la bicicleta roja de Shinichi Tetsutani, las mochilas y los uniformes de los estudiantes afectados por la bomba atómica, o el famoso reloj, detenido a las 8.15, hora exacta de la explosión. También le habían llamado la atención los dioramas comparativos de cómo era la ciudad de Hiroshima antes y después de la explosión. La ropa quemada de las víctimas, los vidrios derretidos por el calor extremo, y las sombras impresas en las paredes como único testimonio de la existencia de las personas que se hallaban allí en el momento de la explosión. Todas esas imágenes calaron en el corazón de Yuji con profundidad.


Al día siguiente fueron en ferri a la isla Miyajima, donde Yuji y sus compañeros disfrutaron al ver con sus propios ojos el gran torii flotante del santuario Itsukushima, famoso no solo en Japón, sino en todo el mundo. Además, se encontraron con ciervos que deambulaban libres con total tranquilidad, a los que dio de comer junto a su amigo Watanabe.


Sin embargo, algo le decía que aquel día sería mucho más aburrido que el anterior. Tendría que aguantar una charla tras otra en el Parque de la Paz. ¡Con el calor que hacía! Y encima, en muchas ocasiones no estarían cubiertos por lonas ni por la sombra de los árboles.


Después de comer, acudieron al monumento de la Paz de los Niños. Se trataba de una estructura de hormigón gris, de unos nueve metros de altura, con forma de campana estilizada. Bajo esta, colgaba una grulla de bronce que funcionaba como un móvil de viento, produciendo un sonido suave y agradable al moverse con la brisa. Encima de la campana, se erguía una estatua de bronce de Sadako Sasaki, una niña con los brazos abiertos que sostenía una gran grulla de metal, símbolo de las grullas de origami que realizó durante su enfermedad hasta que la leucemia acabó con su vida.


A ambos lados, las figuras de un niño y una niña representaban la esperanza y un futuro de paz para todo el mundo. El monumento se había construido en homenaje a Sadako Sasaki y, por extensión, a todos los niños que murieron víctimas de la bomba atómica. En las afueras del monumento había coronas de flores y vitrinas de cristal, que contenían miles de grullas de origami de diversos tamaños y colores. Les explicaron que habían sido dobladas tanto por la misma Sadako Sasaki como por otros niños de todos los rincones del planeta. En la base del monumento estaba grabada, en estela de granito, la siguiente inscripción: «Este es nuestro grito. Esta es nuestra oración. Paz en el mundo».


Como hacía bueno y era un acontecimiento muy especial, la organización había abierto las cristaleras de las vitrinas para que los niños pudieran sentirlas mucho más cercanas y accesibles. Sentados en círculo alrededor del monumento, asistieron a una soporífera charla impartida por un anciano que hablaba muy despacio, sin modular en un solo momento el tono de voz. Los ojos de Yuji estaban siendo castigados tan severamente por el sol que apenas podía mantenerlos abiertos. Su amigo Watanabe le dio un par de codazos, pues en un momento dado la cabeza de Yuji se reclinó sobre su pecho en un gesto poco respetuoso. Adormilado, notó que una brisa suave había empezado a levantarse. Al ser consciente de que se estaba quedando dormido, se incorporó con presteza: ¡si los profesores se percataban de su falta de respeto le caería una buena reprimenda! Al abrir los ojos, la brisa se había convertido en un súbito vendaval, y cientos de grullas de origami, de todos los colores y tamaños, volaron entre los asistentes creando una escena preciosa. Una de ellas, de un bonito color dorado, revoloteó cerca de la cara de Yuji y, en un lento descenso, se posó en su pierna derecha. Aún adormilado, Yuki la tomó entre sus manos y la acarició con la misma delicadeza que si hubiera sido una grulla real. Cuando volvió a alzar la mirada, se dio cuenta de que todos sus compañeros, los profesores, el anciano que daba el discurso y el resto de las grullas de papel habían desaparecido. Además, aunque seguía en el parque, los árboles eran más pequeños y menos abundantes que hacía un instante. Observó a varias personas de todas las edades paseando tranquilamente por allí, pero no había ningún rostro conocido entre ellos.

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