Ghost Town

28 de Abril de 2026

Ghost Town

Andrea Manfredini


«Todos los días nace gente, todos los días muere gente y, aquel día, sencillamente, le tocó morir a él». Era la plegaria que rezaba todas las noches al acostarse sola en la cama. Cuando el S.O.R.A. activaba el «modo sueño» y los estímulos de la realidad aumentada desaparecían y su mente agotada, por momentos, divagaba a merced de las olas de su océano interior. Unas aguas oscuras y profundas, habitadas por recuerdos ahogados; náufragos que no pensaba rescatar. El de Ikari era uno de aquellos buques fantasma a la deriva que se negaba a hundirse, con la misma testarudez que ya lo distinguía a sus escasos tres años de vida. Así, pues, aquel navío se empecinaba en reaparecer, perfilándose sin avisar frente a algún horizonte en calma, una vez pasado el atardecer. Fuera, en la realidad, es donde la forense Hino Nohara encontraba su tierra firme. Allí, bajo la arena, había enterrado boca abajo, como si temiese que pudiera alzarse algún día, la única holografía que todavía conservaba de su difunto hijo. Y, por si esto no fuera suficiente, había volcado un alud de calcetines sobre ella, sepultándola en el fondo del segundo cajón de su mesita de noche.

Rara vez osaba enfrentarse a la holografía desde que ocurrió el fatídico incidente. Un desasosiego insoportable se lo impedía cuando lo intentaba. El vértigo se adueñaba de ella, y unas manos frías, invisibles, la tomaban por el cuello y se cerraban asfixiándola. De modo que decidió esconderla para que sus ojos no pudieran traicionarla en un descuido fortuito, motivado por aquel extraño empeño masoquista al que avoca el remordimiento. Tenía la esperanza de que al ocultarla alcanzaría una suerte de equilibrio sostenido, un impasse frío y silencioso. Una tregua capaz de perdurar en algún lugar entre la pena y la ceguera. 

El sonido de la alarma le indicó que ya no podía seguir dando vueltas bajo las sábanas. La linterna del despertador proyectaba las siete en punto en números rojos contra el techo de la habitación y una tenue claridad se colaba por las diminutas juntas de la persiana. En ocasiones, la espera se antojaba eterna una vez abría los ojos a la penumbra de su dormitorio y todavía quedaban minutos hasta que el dulce sonido del arrullo del agua le diera los buenos días, gracias al modo «despertar relajado» del S.O.R.A. Pero, incluso entones, a pesar de todo, no se levantaba. Permanecía bajo las sábanas tratando, sin muchas esperanzas, de rascarle algunos minutos de sueño a la mañana. Minutos que resultarían esenciales pasado el mediodía, cuando solo el efecto revitalizante de la cafeína lograra mantenerla despierta. «No debería beber tanto café, doctora Nohara. Por eso, no consigue dormir bien por la noche», solía advertirle Hiroshi Mamoru, su asistente adjunto en la morgue donde trabajaba. Sí, es posible que tuviera razón. Por eso, y por los repetidos golpes y ruidos de sus condenados nuevos vecinos. El día menos pensado, subiría las escaleras y no pararía hasta dar con el sinvergüenza. En cualquier caso, ¿qué iba a saber Mamoru sobre lo que significaba andar con sus zapatos? Nada. Y, de todos modos, aunque alcanzara a sospecharlo, dudaba que su joven asistente pudiera caminar sobre tacones como los suyos. No. Las ojeras fueron algo que llegó para quedarse. Eran su pintura de guerra. 

Tenía la piel de gallina cuando salió de la ducha. Le gustaba acabarlas apagando el grifo del agua caliente para que el chorro de agua fría la estremeciera unos segundos antes de salir del baño, enfundada en su albornoz color crema. Aún no había terminado de secarse, cuando el modo «despertar relajado» del S.O.R.A. que tenía programado se desactivó y el sistema domótico de la casa se puso en marcha. Inmediatamente, las persianas comenzaron a elevarse y el S.O.R.A. de sus ojos escaneó en un parpadeo la estancia. Tras el rápido barrido de reconocimiento, la realidad aumentada se hizo visible y comenzaron a llegar las primeras notificaciones. Varios avioncitos de papel revolotearon por la esquina inferior izquierda de su marco de visión. Allá donde dirigiese la vista aparecían pequeños títulos y subtítulos que hacían referencia a cajones, armarios, y a su contenido. Los enlaces de acción saltaban por doquier, ofreciéndole apagar o encender una luz, abrir una puerta, ventana o activar el sistema de refrigeración. Todo en un abrir y cerrar de ojos gracias al S.O.R.A. de sus pupilas color marrón. Uno, dos y hasta tres avioncitos de papel aparecieron realizando loops ante sus ojos antes de estallar en confeti de colores. Hino los advirtió perezosa, pero decidió no abrirlos. Ya los leería en el metro de camino al trabajo, mientras repasaba los titulares de los periódicos en la aplicación de prensa. La luz amarillenta de la mañana intervino en el dormitorio achicando las sombras a medida que las persianas ascendían y las empujó a rincones ocultos bajo la cama o detrás del chaise longue que usaba para amontonar ropa sucia. Rincones donde estas se harían fuertes hasta que el atardecer las envalentonara para ocupar de nuevo el espacio, en un tira y afloja infinito. 


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