EXCELSIOR

28 de Abril de 2026

EXCELSIOR

David Galán Galindo

 «Una diminuta araña desciende del techo, colgada de un hilo casi invisible… ¡Una araña a la que el destino ha dado un breve papel principal en este drama que es la vida!».


Amazing Fantasy #15


LOS VERDADEROS CREYENTES, así se denominaban a sí mismos los cuatro fantásticos caballeros que estaban reunidos en la ampulosa sala de invocación. Los profesores Donald Ditko, Robert Romita, Thomas Conway y Laurel Singstone. Todos ellos catedráticos de la Universidad de Miskatonic; aunque Romita, el más joven, se había doctorado Cum Laude previamente en la Universidad Empire State de Manhattan.

Hasta hace dos años eran cinco en esta cábala, pero el doctor Mort Everett sigue desaparecido tras el incidente que culminó en la muerte de su esposa. Singstone insiste en que Everett se ha unido a seres que viven en las profundidades abisales. Pero nadie le da crédito porque el propio Singstone a veces también vive en las profundidades… en su caso, de un vaso de whisky Jameson. 

Versen de lo que versen sus conversaciones, sus digresiones suelen llevarles a hablar melancólicamente de La Sofocracia que ideara Platón: el gobierno de los sabios. Consideran con desprecio que la democracia es solo «la dictadura de la multitud» y aseveran que el control del rumbo de un barco no debe recaer en el más fuerte y mucho menos en lo que diga la mayoría. El rumbo debe marcarlo aquel que conozca el camino. Tan sencillo como eso.

En fin, no hacía falta entablar diálogo alguno con este cuarteto elitista para notar su altanería y el desprecio por aquellos que consideraban intelectos mermados. Como, por ejemplo, todos los invitados a la fiesta de Navidad que estaba teniendo lugar arriba en esos instantes, en los salones de la mansión Ditko, propiedad de Daniel, el más opulento de todos ellos y sita en la ciudad de West Egg, en la próspera Long Island.

Era 25 de diciembre del año 1922 y como cada Navidad desde hacía tres años, Los Verdaderos Creyentes habían reunido a todos sus amigos, la aristocracia y los hombres de negocios adinerados de West Egg, para celebrar el nacimiento de nuestro señor Jesucristo con una fiesta. Pero las fiestas navideñas de la mansión Ditko tenían una idiosincrasia especial: cada invitado, perteneciente al más alto estrato de la sociedad, debía traer consigo a una persona INFERIOR. Alguien humilde. Sencillo. Simple. Para que al menos pasara una noche del año siendo agasajada por sus superiores, aunque luego tuviera que volver a su miserable sombra de vida.

Para la gente de esta elevada alcurnia, con sus círculos sociales exclusivos, encontrar a alguien de baja estofa era como mandar a un niño a por un unicornio, un ser mitológico del que conocen su existencia pero del que solo han oído hablar en los libros; por eso, encontrar acompañante cada año se convertía para ellos en una gran aventura.

No estaba permitido traer mendigos, prostitutas, ni lastimeros mutilados de la Gran Guerra. Y tampoco se permitía pagar al invitado de ninguna forma, ya fuera con dinero, la promesa en firme de un empleo futuro o la realización de cualquier tipo de servicio. Había que estar ojo avizor a este respecto; hacía un par de años, un médico prometió atender la aparatosa tuberculosis del padre de un basurero para que este aceptara ser su invitado en la velada.

Los acompañantes, esas ansiadas personas supuestamente inferiores, a menudo parias y mestizos, debían aceptar asistir a la fiesta por el honor mismo de haber sido invitados, por el placer que obtendrían siendo testigos de la grandeza de sus anfitriones y escuchando sus elevadas disertaciones sobre cualquier tema que sin duda les resultaría ininteligible dado su carácter intrínsecamente profano y sus escasas aptitudes científicas, sensibilidad para el arte o interés por la actualidad política.

La sorpresa, la revelación final, era que, a la persona más inferior de cada año, Los Verdaderos Creyentes se la llevaban con ellos a la sala de invocación, donde ahora mismo están los cuatro, con la promesa de un magnífico y sorprendente regalo de Navidad. Una promesa incumplida, pues lo que allí le esperaba a ese hombre o mujer era la muerte más macabra y horrible que la depravación del ser humano pueda imaginar, a manos de un ser superno, cuya forma nuestras mentes no están preparadas para asir.

Los profesores Donald Ditko, Robert Romita, Thomas Conway y Laurel Singstone, tras haber paseado por la fiesta y saludado a todos sus invitados y a sus acompañantes de baja estofa, se encontraban en esos momentos deliberando a qué alma escogerían para el regalo de Navidad. Olvidemos por un momento lo irónico que es ver votar a mano alzada y hacer recuento de votos a unos hombres que desprecian la democracia con tanto ahínco, y quedémonos, simplemente, con que el resultado fue unánime. El nombre de la elegida era Celia Solomon.




Si buscaban una persona humilde, sencilla y simple, Celia Solomon era el santo Grial: veintiocho años, inmigrante, judía, nacida en Rumanía, embarazada de su segundo hijo y esposa de Jack Lieber, un sastre con una pobreza que raya la indigencia. Incluso, estando encinta de ocho meses y medio largos, era obvio que Celia comía peor que los perros de cualquiera de los cuatro catedráticos.

Celia huyó de Rumanía porque tras la Gran Guerra sentía que el suelo bajo sus pies no dejaba de moverse. Como si las bombas siguieran haciendo temblar la tierra. Preguntó a su savta por qué se sentía así y la añosa abuela le advirtió: «Son los muertos, están intranquilos». Celia no sabía si los muertos querían subir o si preferían hacer bajar a los vivos. Pero sabía que su savta nunca mentía. Nunca. Al día siguiente, siguiendo el consejo de la anciana, convenció a Jack para hacer las maletas destino a los Estados Unidos.

El racismo y la misoginia de Los Verdaderos Creyentes habían dado muchos puntos a Celia para ser la escogida, pero lo que había inclinado definitivamente la balanza por ella era su apellido de soltera: Solomon. Nada resultaba más divertido para ellos que la genial broma de que un simple portara el nombre de un sabio. En este caso Solomon, el más justo e inteligente de los reyes de la antigüedad.


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