EL TEMPLO

28 de Abril de 2026

EL TEMPLO

Alicia Sánchez

Yo hubiese querido nacer en lo más alto de los Cárpatos, ser la única descendiente de una familia aristocrática caída en desgracia, enamorarme de un espía húngaro de profundos ojos verdes, bailar en el Ballet Imperial Ruso junto a Pola Negri y asistir a las célebres sesiones de espiritismo de Madame Blavatsky. Pero no era más que una diletante que desperdiciaba su tiempo y su energía en las interminables fiestas que organizaba la bohemia de Chicago. La hija de un tendero de Orland Park que quiso ser actriz y que solo llegó a corista de tercera, una flapper enloquecida por las drogas cuyo único mérito era tener las piernas más largas y mejor contorneadas de la ciudad. Eso y ser capaz de beber un gin fizz entero sin apenas respirar. 

De nada servía que me maquillara como Theda Bara en Cleopatra y que tratara de imitar la dramática gestualidad de Isadora Duncan. Siempre sería la rubicunda muchacha de abultados mofletes que creció en una familia media americana, sin antepasados exóticos ni orígenes aristocráticos; una jovencita algo casquivana que se escapó de casa a los dieciseis años, engatusada por las falsas promesas de un representante de aspiradoras que la abandonó en un motel cuando no se avino a sus pretensiones. 

Llegué a Chicago sin dinero y con un zapato roto. Trabajé en un bar de mala muerte a cambio de cama y comida. Me costó Dios y ayuda, pero, poco a poco y tras mucho esfuerzo, fui introduciéndome en el mundo artístico de la ciudad. Empecé a participar en espectáculos musicales de poca monta, hacer alguna que otra gira por las afueras, incluso lograr algún papel protagonista, pero poca cosa más. 

Aquella nochevieja de 1919, la noche en la que todo pasó, estaba decidida a cambiar de vida. Ya estaba harta de los empresarios sobones y de los silbidos del público de provincias. No quería volver a Orland Park, pero tampoco quedarme en aquella ciudad que me engullía; la bulliciosa Chicago, con sus edificios art decó y su omnipresente música de jazz, un paraíso en la tierra, pero también un infierno, con sus borrachos vomitando en los callejones y sus matones arrojando cadáveres en el lago Michigan. 

Me había propuesto seriamente dejar de beber y de flirtear con extraños, regular mis horarios y dedicarme a lo que siempre me había gustado, la escritura, pero aquella era la última noche del año y no podía quedarme en casa. Además, me habían invitado a la fiesta de Nochevieja más importante de la ciudad, la que organizaban los misteriosos Winfield y Sonia Phillips, una pareja tan famosa por sus extravagantes fiestas como por el comportamiento inusual de Winfield, un millonario excéntrico que estaba obsesionado con la arqueología. De él se decían cosas tan dispares como que pertenecía al crimen organizado o que celebraba misas negras en su lujoso apartamento de Gold Coast. Claro está, yo nunca creí en ninguna de estas cosas.

Mi amiga Gigi, o la duquesita, como la llamábamos todos, vino a buscarme en el coche de su familia para asistir a la fiesta. 

—Lilith, querida, estás estupenda —me dijo nada más verme, mientras me besaba en la mejilla sin apenas rozarla para no estropear mi maquillaje. 

Lo cierto era que me había esmerado aquella noche. Llevaba mi mejor vestido: un espectacular dos piezas de lamé negro con adornos en oro y mis zapatos preferidos, de charol y con tacón de aguja. 

La duquesita me ofreció uno de sus cigarros mentolados, lo encajé en mi boquilla de carey y dejé que el chófer me lo encendiera. El coche olía a gasolina y al fortísimo perfume de lilas que usaba mi amiga. Sentí náuseas. Necesitaba una copa. 

La fiesta se celebraba en El Templo, un edificio situado en las afueras de la ciudad que debía su sobrenombre a su decoración estilo antiguo Egipto. A mi me recordaba a uno de esos fabulosas construcciones de cartón piedra que aparecían en las superproducciones de Hollywood. El lugar había adquirido cierta fama tras una representación del gran Harry Houdini.

Tras pronunciar un santo y seña y atravesar un pasillo, llegamos a una enorme estancia atestada de gente. Estaba sustentada por enormes columnas y decorada con el máximo lujo. Delicados muebles de ébano, cortinajes de color verde absenta y extraños artefactos traídos de tierras lejanas. A través de sus enormes ventanales se podía contemplar la ciudad cubierta de nieve, pero nadie parecía apreciarlo. 

La fiesta estaba en su máximo apogeo a aquellas horas. Iba a ser la última Nochevieja en la que se podía beber alcohol, ya que pocos días después entraría en vigor la Ley Seca. Nunca había visto tantas botellas al alcance de los invitados. Las torres de champán desaparecían con rapidez. Los camareros apenas tenían tiempo para apilar las copas y poder llenarlas. En la enorme barra, una legión de barmans preparaban los más exóticos cócteles: pociones mágicas de mil colores decoradas con fruta confitada y bengalas. La música era atronadora, una alocada selección de temas de jazz ideal para bailar el charleston durante horas. 

—Un gin fizz —pedí al único barman que parecía estar libre. 

—¿Suave, señorita? —me preguntó levantando una ceja, sin duda sorprendido de que una mujer pidiera un cóctel tan masculino. 

—Si quisiera un jarabe, me hubiese ido a una farmacia —le contesté—. Y te puedes ahorrar la cereza. 

El barman dejó de sonreír y me sirvió el cóctel con doble ginebra. Justo como a mí me gustaba.

Winfield y Sonia Phillips recibían a sus invitados desde una especie de pequeño podio que les hacía sobresalir de entre la multitud, como dos dioses fantásticos rodeados por sus acólitos. 

Winfield era un hombre muy peculiar. Su rostro, alargado como un retrato de el Greco, resultaba sombrío e inquietante. Cuando te miraba, sus ojos parecían escrutarte desde muy lejos, desde un mundo oculto que tan solo él parecía conocer. Su sonrisa helada era cortante como el filo de una navaja y sus manos, de apariencia arácnida, se movían de forma inquietante. A su lado, su esposa Sonia, frágil y luminosa, parecía una muñeca de porcelana a punto de romperse en mil pedazos.

No tardamos en reunirnos todo el grupo de amigos: la actriz de segunda fila Genevieve d’Arcy, el dramaturgo Leo McGee y Lord Nicholas, el joven inglés, con Cucu, su inseparable perrito de peluche. 

—Me ha dicho Gigi que dejas las varietés —me gritó Leo al oído—. ¿Qué vas a hacer?

—No tengo ni idea —le contesté—, igual te hago la competencia y me pongo a escribir. 

—¿Teatro? Yo te veo más como Dorothy Parker, de cronista malévola. ¡Con tu mala baba seguro que lo harías muy bien! 


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