EL PISO 68
EL PISO 68
Enrique Dueñas
Los más jóvenes no lo recordarán, pero en 1928 el edificio Beaumont de Manhattan era la construcción humana más alta de todo el mundo. Una maravilla de acero y cristal, que se alzaba sobre la ciudad como un gigante sonriente y que desafiaba con orgullo a las lejanas estrellas. Con 67 pisos y 246 metros de altura, el rascacielos era un logro único en la historia de la ingeniería.
Durante su construcción, aparecieron varios artículos en la prensa nacional asegurando que semejante monstruosidad no podría mantenerse por sí sola y que caería en menos de una semana, provocando una catástrofe mucho mayor que la del Titanic. Por supuesto leer ese tipo de cosas hoy día solo puede provocar una carcajada. Otros artículos más positivos se centraban en la belleza y modernidad del edificio, tanto en su decoración interior como en su curiosa fachada. Uno de los ejemplos más llamativos de art decó, muy alejado de los aburridos diseños de la escuela de arquitectura de Chicago.
El edificio contaba con una corona ornamental de cobre, aluminio y mármol negro que, durante la noche, parecía una esfera cubierta de pequeñas joyas brillantes. También tenía una base con ventanas de varias alturas que daban la curiosa impresión de que la torre flotara en el aire.
El edificio, situado cerca de Wall Street, era de titularidad privada y la entrada estaba terminantemente prohibida para cualquiera que no trabajase en la empresa. Aun con todo, no era raro ver turistas merodeando por las calles aledañas, fascinados con aquella construcción que parecía surgida de las páginas del Mago de Oz.
Las actividades que se llevaban a cabo en el interior eran las que se podían esperar de una oficina común de aquella época. Hombres trajeados corriendo por los pasillos, abriendo y cerrando puertas y gritando rabiosos a los teléfonos.
Básicamente, eran corredores de apuestas. En lugar de con caballos, jugaban con las acciones de astilleros o empresas mineras y nunca, jamás, ponían un solo centavo de su propio bolsillo.
En cada planta había docenas de máquinas de teletipos y las cintas a veces se acumulaban en el suelo como los escombros de una obra. Para ocuparse de estos y otros desperdicios, el edificio Beaumont contaba con un centenar de celadores, que oían muchas cosas pero no tenían permitido decir ni una sola palabra. También había auténticos ejércitos de mujeres que tecleaban frenéticamente en enormes máquinas de escribir negras.
Desde cierto punto de vista, aquel rascacielos no formaba parte de la ciudad, sino que era un reino independiente. Una Troya moderna, protegida del mundo exterior por murallas infranqueables. Y, al igual que la mítica Ilión, contaba con su propia versión del príncipe Paris.
Hugo Szasz era un hombre de algo más de cuarenta años de edad, alto, pero no corpulento, siempre sonriente y siempre bien afeitado. Tenía los ojos negros, las cejas muy pobladas y cabellos de color castaño oscuro, excepto por un único mechón blanco cerca de la oreja izquierda. Se paseaba por los pasillos del edificio vestido con trajes a medida y zapatos italianos. En las muñecas lucía gemelos con escarabajos egipcios de más de dos mil años de edad. Siempre llevaba corbata (nunca pajarita), normalmente de color carmesí o verde aguamarina, y siempre con un estrecho broche de plata.
Szasz era un individuo extraordinariamente carismático, capaz de vender un par de guantes a una serpiente. Muchos se vanagloriaban de conocerle aunque, en realidad, nadie sabía nada sobre sus orígenes y muy pocos podían siquiera vislumbrar el alcance de sus deseos y ambiciones. Ambiciones que le habían costado la vida a más de un incauto. Lo que todos sabían era, eso sí, que llevaba trabajando en Beaumont desde que se inauguró la primera oficina y que nunca, jamás, había perdido una sola apuesta. Quizás era suerte o quizás astucia, pero, en cualquier caso, era el mejor en su trabajo. Y lo sabía.
Las mujeres sonreían a este Paris americano en un intento patético de que las convirtiera en su Helena. Pero no se puede ganar el corazón de aquel cuyo pecho está vacío.
Hugo Szasz había estrechado a muchas mujeres entre sus brazos, en ocasiones con su consentimiento y en ocasiones a la fuerza, pero no le gustaba ver el mismo cuerpo desnudo dos noches seguidas. No era su estilo. Había una dama, eso sí, a la que solía visitar de cuando en cuando. Una anciana tullida y sin dientes, de ojos blancos y uñas negras, que apestaba a pescado podrido y cuya voz recordaba al gorjeo de un cuervo.
Todas las noches sin luna, el elegante hombre de negocios abandonaba Manhattan en un portentoso Mercedes-Benz tipo S. Conducía durante más de tres horas a través de caminos polvorientos, hasta llegar a una cabaña llena de ratas a las orillas del lago Loughberry. Allí, ocultaba el vehículo tras el follaje y se adentraba en las profundidades del inmundo chamizo. No abandonaba el lugar hasta que el sol surgía por el horizonte. Por supuesto, Szasz nunca comentó con nadie estos encuentros. ¿Por qué iba a hacerlo? Para él, los seres humanos no podían ser amigos, ni siquiera aliados. Únicamente podían aspirar a ser herramientas más o menos útiles.
También hay que tener en cuenta que, en aquella época, Nueva York se consideraba el culmen de la civilización moderna. Un valor que tanto neoyorquinos como extranjeros se ocupaban de mantener. Nadie hablaba mal de Szasz del mismo modo que nadie hablaba mal de las oscuras calles de la ciudad, sucias e infestadas de carteristas y gánsteres. Una vez, apareció un artículo en el Times informando de varios asesinatos cometidos en las cercanías de Wall Street. Un vagabundo afirmó haber visto cerca del lugar dos hombres sin ojos, con los brazos muy largos, y la piel escamosa y gris. Nadie se tomó en serio el asunto.
De forma que los ascensores de Beaumont subían y bajaban, el dinero seguía fluyendo y las secretarias seguían tecleando. Y hasta aquí llego Robert Darleen, el día de su vigésimo quinto cumpleaños. Un muchacho que sabía lo suficiente de matemáticas y de probabilidad como para conseguir un puesto que mucha gente necesitaría diez años más en alcanzar. Un muchacho, eso sí, enclenque, miope, encorvado como un jorobado y sin ningún estilo para vestir.
Darleen cruzó las puertas giratorias y, a partir de ese momento, no dejó de hacer el ridículo. Pidió perdón a todo aquel con el que se cruzó, e incluso a un par de helechos con los que se tropezó. Parecía incapaz de encontrar su propia sombra.

