El Peregrino

20 de Abril de 2026

No recordaba su nombre ni por qué estaba ahí. Pero estaba. Solo aquello era seguro. La escena ocupaba todo su campo visual: fuego y gritos; un aroma a carne chamuscada y un sufrimiento terrible se extendían por cada centímetro de la ciudad de Hiroshima.

Un sol dentro de otro sol. La explosión de luz blanca, naranja y amarillenta impactó en su pupila. Se tocó la parte posterior de la cabeza y sintió un estremecimiento que le recorrió todo el cuerpo. Quizá, supuso, se había dado un golpe después de que aquel sol engullera al otro y se abriera como un loto magnánimo entre el cielo y la tierra.

Avanzó aturdido entre escombros y ruinas infinitas que yacían en completo silencio. Escuchaba gemidos y lamentos, pero eran tan lejanos que se perdían entre en aquel aire pesado que lo sofocaba todo. Los edificios aún ardían en llamas, y no había nadie asomándose a sus ventanas.

El paisaje se había tornado irreal. ¿Era de día? ¿Era de noche? Pensó que era imposible saberlo con aquel cielo tan denso como la melaza. Algo en su interior rogaba por ver aparecer un uguisu o un suzume revolotear entre aquel horror.

Siguió avanzando hasta rodear una cúpula destruida de la que solo quedaba su esqueleto, cuyas vigas, carcomidas por el fuego, se erguían en forma de serpientes escamadas.

De pronto, escuchó un sonido roto, exiguo, que reverberó en cada milímetro de su cuerpo. Provenía de debajo de una montaña de escombros, al lado de un campo de juegos para niños.

Los hierros yacían retorcidos y derretidos, mientras que algunos pequeños cuerpos descansaban boca abajo, como si estuviesen durmiendo plácidamente. Sintió un malestar profundo en el estómago que le hizo apartar la vista.

Pero entonces lo volvió a escuchar. 

No podía darle la espalda.

Se acercó para intentar levantar los escombros, que, para su sorpresa, cedieron sin demasiada dificultad, provocando una ráfaga de polvo que lo cegó durante unos segundos. De entre las entrañas de aquellos restos distinguió una pequeña figura, agazapada, que acercó su nariz al verlo.

No lo podía creer.

En un campo de muerte y dolor, había dado con una superviviente. Apartó aún más los escombros para que pudiese salir a la luz. Estaba cubierta de polvo, pero respiraba.

Se quedó en silencio, pensando qué decir, rodeado de aquellos cuerpos de infantes. La niña, pequeña y frágil, de ojos saltones y cabello corto, lo miraba desde abajo.

Su uniforme escolar era idéntico al de los otros niños que yacían a su alrededor.

«Pobre niña...», dijo su voz interior. «Tan pequeña y siendo testigo de tanto horror, de tanto sufrimiento…»

La chiquilla lo seguía observando sin decir nada, mientras acunaba algo contra su pecho con sus pequeñas manos, cubiertas de polvillo. Un gatito, de ojos verdes, tan fuertes como el musgo brillante de los templos, se sacudió la ceniza al moverse. Lo miró también, con ojos saltones y curiosos. A pesar del polvo, se podía distinguir que su pelaje era de un negro intenso.

La niña y el gato se le quedaron mirando durante unos segundos más, que se convirtieron en siglos, atrapados en el tiempo suspendido de aquel infierno que los rodeaba.

Necesitaba decir algo, sacarlos de ahí, alejarlos de aquel cementerio horrendo. Pero las palabras no salían, y solo podía retorcerse por dentro, contemplando el dolor y el pánico que reflejaban la mirada de la niña y la de su gatito negro.

—Gracias —dijo entonces la pequeña—. Soy Megumi, y este es Kuro-chan.

«Kuro, un nombre algo obvio», pensó para sus adentros.

La niña no sonrió, aunque el gato emitió un leve maullido.

—Kuro, dice gracias —agregó Megumi.

Asintió con la cabeza, incapaz todavía de articular palabra. Los sentía cercanos y lejanos, como si de un sueño se tratase. Aunque todo aquello era real, tanto, que se metía dentro y rasgaba las entrañas.

—Yo... —dijo entonces su salvador. 

No podía continuar, le era imposible completar la frase. Aunque se esforzaba al máximo, no recordaba su nombre ni por qué estaba ahí.

—¿Cómo se llama? —preguntó con la curiosidad típica de los infantes, tan inocente, limpia y pura como el canto del koto.

—Yo... yo no lo recuerdo... —le confesó.

—¿No recuerda su nombre?

—Así es.

La niña sonrió y trató de levantarse. El hombre tomó su pequeño brazo con delicadeza y la alzó junto a su gatito.

—Megumi...

La niña escuchaba con los ojos bien abiertos.

—Escúchame con atención.

Ella asintió.


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