El Canto Del Uguisu

20 de Abril de 2026

«Allá en el viejo jardín

canta y canta el ruiseñor

del alba al anochecer».


Furuniwa ni

uguisu nakinu

hi mo sugara



Buson, 1744


La «suerte de Kokura» se convirtió en el horror de Nagasaki. Desde aquel día, desde aquel fatídico 9 de agosto de 1945, en el que el cielo lloró lágrimas radiactivas, Japón y el mundo nunca volvieron a ser los mismos. Aquella tragedia fue la puntilla tras la explosión de Hiroshima. Lo más curioso es que Nagasaki no era el primer objetivo americano, sino Kokura, una ciudad clave en la producción de armas para el ejército japonés, uno de sus mayores arsenales. Pero aquel día de verano, tras sobrevolar la zona varias veces, el mayor Sweeney, quien pilotaba el B-29 apodado Bockscar —y que albergaba en su vientre a Fat Boy—, decidió poner rumbo a Nagasaki, su segunda opción, cambiando así el destino de miles de personas.

Nagasaki apenas había recibido bombardeos antes de la explosión nuclear. Un puñado de bombas había provocado daños en los astilleros, en la fábrica de Mitsubishi, en la Escuela Médica y el hospital, pero poco más. La mayoría de los hogares, a diferencia de Hiroshima, eran de estilo tradicional, con estructuras de madera y suelos de azulejo. La ciudad había crecido con el tiempo sin un orden ni una planificación adecuada, por lo que era común encontrar hogares junto a las fábricas a lo largo del valle donde se asentaban. Su puerto, no obstante, había sido uno de los más grandes de la parte sur del país y tuvo una gran importancia estratégica durante la guerra. Además, en esa ciudad se habían producido artillería, barcos y equipo militar. Quizás fuera eso lo que la convirtió en el inesperado objetivo aquel día de agosto.

Al llegar a la zona, una brecha se abrió entre las nubes y la bomba, un engendro con corazón de plutonio, fue lanzada desde el Bockscar, estallando a cuatrocientos sesenta y nueve metros de altura sobre la ciudad. Una detonación equivalente a veintidós kilotones que generó una temperatura de tres mil novecientos grados Celsius y vientos de más de mil kilómetros por hora. Murieron cerca de cuarenta mil personas al instante, la mayoría trabajadores industriales. Solo ciento cincuenta de los fallecidos fueron soldados japoneses. El radio de destrucción total fue superior al kilómetro y medio, aunque se produjeron fuegos hasta los tres kilómetros. La topografía del terreno evitó que la muerte se extendiera aún más allá. 

Un número indeterminado de supervivientes de Hiroshima, que se habían trasladado a Nagasaki tras la primera explosión, encontraron allí la muerte, víctimas de su terrorífica hermana. Esta historia transcurre siete años después de aquellos terribles acontecimientos…




Nagasaki, 1952


La bruma matinal se extiende por el valle donde ahora renace de la ciudad. Ha pasado tiempo desde aquel terrorífico día, pero las cicatrices se mantienen entre los restos de los muros, en las paredes derruidas y en los templos destrozados. Sus superficies han quedado tatuadas con las sombras de los objetos y los cuerpos que desaparecieron en el momento de la detonación. 

La neblina se mezcla con el vapor de las máquinas. Enormes grúas caminan como gigantescos artrópodos por los diques del puerto, transportando contenedores, y numerosas vagonetas guiadas por máquinas que vomitan humo, se desplazan por la red de raíles que conectan las fábricas que han comenzado a emerger de nuevo por la zona. El paisaje ya no es el de las tradicionales edificaciones de planta baja y madera; los negocios y viviendas actuales se levantan sobre los restos de la destrucción, creando un escenario diferente en el que la vida vuelve a brotar, aunque con la semilla del miedo aún latente en el corazón de sus habitantes.

En ese mismo puerto, en un refugio diminuto, se encontraba el taller de Renjiro, una anomalía de madera que recordaba a los viejos tiempos, muy distinto al del óxido y el hormigón. Renjiro tenía veinticuatro años y era relojero y cronometrista. Había aprendido el oficio de su abuelo, con quien vivió —junto con su abuela— durante su infancia, hasta el día de la explosión. Aquel 9 de agosto, su abuelo le envió a Nagayo a buscar un reloj a casa de su amigo Honda. Fue lo que le salvó la vida. Cuando al fin pudo regresar, días después de la tragedia, ya no quedaba nada del hogar de sus abuelos… Ni de ellos. Lejos de hundirse, Renjiro logró sobrevivir gracias a la profesión que había aprendido y construyó su propio taller. Allí siempre había algo que reparar, y él era un experto en dar una segunda vida a cualquier objeto mecánico que lo necesitara: relojes, radios de válvulas, autómatas e, incluso, aquellas prótesis mecánicas repletas de engranajes, muelles y pistones, que habían servido para ayudar a las víctimas mutiladas por la explosión a recuperar sus vidas, y que no podían costearse una nueva cuando se estropeaban.

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