EL AUTÉNTICO MCCOY
EL AUTÉNTICO MCCOY
Darío Polo
¿Quién anda ahí? ¿Es usted, doctor? ¡Ah…! No, no pasa nada, amigo, es solo que me ha sobresaltado. ¿Periodista dice? ¡Seguro! No es como si tuviera algo mejor que hacer en este maldito hospital. Siéntese creo que debe haber una silla a su derecha. ¿Qué dice? Ah, no. No totalmente. Distingo formas… pero no reconozco las caras. Usted parece bastante escuálido, sin ánimo de ofender, pero podría ser mi propia madre y no sería capaz de reconocerla ni aunque me fuera en ello la vida. Ese matasanos me ha dicho que es uno de los efectos de la intoxicación por metanol. Se supone que he tenido suerte, que mi caso es solo temporal y que recuperaré la visión por completo en unos días. ¿Cuarenta y un muertos en toda la ciudad, dice? Ha sido una celebración de año nuevo movida, ¿eh? ¿Qué? ¿Un artículo sobre los peligros del alcohol adulterado? Olvídelo, amigo, tengo una historia mejor para usted. Créame, no ha sido el «humo» lo que ha matado a toda esa gente, ni lo que casi me mata a mi esta noche. Ha sido justo al revés. Ya lo entenderá. Le diré algo: sé que el alcohol me ha metido en este lio, pero ahora mismo no rechazaría un trago. Tengo los nervios algo alterados después de lo que vi anoche... o más bien después de lo que no vi. No piense que me amilano con facilidad, ¡no señor! He visto cosas en mi línea de trabajo que harían palidecer a los tipos más curtidos... ¿que cuál es mi línea de trabajo? Bueno, hago diversos trabajitos para algunos hombres de negocios de la ciudad. Ya sabe a qué me refiero.
¿De veras? ¡Bueno, es usted un tipo decente! Lléneme un vaso, ¿quiere? Debe haber uno en la mesilla. Yo también suelo llevar una petaca conmigo, pero la he perdido. O quizás los malditos matasanos la han hecho desaparecer. Dejaron mis pertenencias en ese cajón, pero la petaca no estaba. No será alcohol adulterado, ¿eh? Solo bromeaba. ¿El auténtico McCoy? Chico, cómo desearía que no hubiera dicho eso. Ya lo entenderá. Lo entenderá todo más pronto que tarde. Déjelo ahí mismo, junto a la lámpara. Probablemente lo necesite cuando acabe de contarle el asunto.
¿Por dónde iba? ¡Ah, sí! La historia. Bien, no hace falta que le diga que ayer hacía un día de perros. Había estado nevando toda la mañana y yo había pasado todo el día en la calle, así que me había estado calentando antes del almuerzo con una botella de whisky que había comprado en el local de Peevy. ¿Lo conoce? ¿No? Mejor para usted, amigo. Es un tugurio asqueroso. Además, Peevy no pasa por una buena racha en estos momentos. Creo que el negocio va mal. Pero el alcohol es barato. Muy barato. Sí, ya sé lo que eso significa, que está cortado con toda clase de venenos: metanol, plomo y no sé qué más. Pero seamos francos: soy demasiado joven como para recordar a qué sabía el whisky de verdad antes de la Prohibición así que, ¿qué más me da? El mejunje de Peevy me da la pegada que necesito. Además, siempre me bebo las copas de un trago para disimular el sabor, ¿no es lo que hace todo el mundo?
Pero volviendo al asunto, el caso es que esa noche había salido para celebrar el Año Nuevo como todo hijo de vecino y estaba preguntándome dónde tomarme una copa cuando me tropecé con Morris, un amigo mío. Un tipo sólido, ese Morris, si sabe lo que quiero decir. No es alguien a quien querría encontrarse en el lado equivocado de una pelea. Bueno, por lo visto Morris había estado poco antes haciéndole una visita de cortesía a un tipo que le debía dinero, un ratero de poca monta llamado Denton. Denton es la peor escoria que pueda imaginarse. Un tipo asqueroso y escurridizo. Hace tratos con sujetos con los que no querría cruzarme por la calle, y ya le he dicho que yo no me arredro con facilidad. ¿Qué? No, no me refiero a eso. Podría pegarle una paliza a cualquiera de ellos sin siquiera sudar, pero hay algo en esos tipos… ¿cómo decirlo? Poco saludable. Sí, esa es la palabra. Como si fueran a pegarte algo contagioso con solo mirarte.
Bueno, como le decía, Morris había estado sacudiendo a Denton y este, para congraciarse con él, le había hablado de un local exclusivo donde aseguraba que servían alcohol de calidad a precios muy baratos. No el matarratas al que estábamos acostumbrados, sino el auténtico McCoy como usted dice. El auténtico McCoy, esas fueron las exactas palabras de Morris. Llegaría a odiarlas antes de que acabara la noche. A lo que iba, Denton le había dado a Morris incluso la contraseña para el portero de la entrada. Morris se la hizo apuntar en un papel porque era una palabra impronunciable. No sabría decirle. Algo extranjero. Tenía demasiadas consonantes, es todo lo que recuerdo. El caso es que Morris me convenció para que le acompañara. Yo no es que me fiara mucho de Denton, precisamente. ¿Bueno y barato? Parecía un timo demasiado obvio. Ya sabe lo difícil que es conseguir alcohol del bueno hoy en día, al menos en los locales donde me dejan entrar. Ya no estamos en tiempos de McCoy, y los demás contrabandistas ya no traen alcohol de fuera ni son tratados como héroes. Ahora todo se hace aquí, en la bañera de alguien y luego le ponen la etiqueta de envejecido diez años. Menuda broma. Pero bueno, pensé que nada podía ser peor que la bazofia de Peevy y parecía un plan tan bueno como cualquier otro para pasar la noche, así que allá que fuimos. No me pregunte dónde estaba el sitio. Era de noche y entre la oscuridad y la que estaba empezando a caer me desorienté. Además, empezaba a sentirme mal. Honestamente, estaba más ocupado prestando atención a los ruidos de mi estómago que a por dónde iba.
Bueno, pues llegamos al sitio y Morris le dio la contraseña al tipo de la puerta. No creo que la pronunciara ni medio bien, pero el gorila de la entrada debía estar acostumbrado porque nos dejó pasar. Chico, ese tipo sí que daba miedo. Incluso en la oscuridad del pasillo que llevaba al garito me entraron escalofríos cuando pasamos a su lado. No era su corpulencia…era… no sé, había algo en su cara que no me gustó. No me gustó en absoluto. Y la forma en que nos miró… como a un par de primos a los que están a punto de desplumar. Yo asumí que nos iban a colar humo y encima nos lo iban a cobrar a precio de oro, pero pensé que Morris se había ofrecido a pagar la primera ronda en cualquier caso, así que el primo era él. Siempre que no nos quedáramos a la segunda, claro.
El local en sí… ¿cómo decirlo? ¿Mencioné que el sitio de Peevy era un tugurio? Bueno, el sitio de Peevy era un club elegante en comparación. ¿El nombre? Ni idea, no estoy seguro de que Morris llegara a decírmelo. Como le estaba diciendo, el dueño del local no parecía haber hecho el más mínimo esfuerzo para atraer a su clientela. El lugar apenas estaba iluminado, lo que no disimulaba el polvo y la suciedad que lo cubría todo, y el humo del tabaco que se acumulaba en el techo cargaba mucho el ambiente.
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