CANTO I
CANTO I
Arturo Pulido
Pensó una última vez
en lo que había visto,
en lo que había hecho.
En cómo envidiamos,
los crueles carceleros,
a todos los niños
que encerramos dentro.
Niños... que no habían visto lo que él,
que quizás nunca lo fue
porque no pudo,
porque no supo.
Empezaba a amanecer.
A Nueva York no le importaría
otra mancha más,
¿cuántas hubo ayer?
¿y hace dos días?
Pero dejarle un susto
de propina al limpiacristales
no le hacía sentirse a gusto.
Había que darse prisa.
Niños... su sabor iba a acompañarle
en el instante final,
junto con la tinta de cierto libro
pegada al paladar,
insípida, como el resto
de su vida ya.
Llamaron. Ya lo sabían:
la policía no tardaría en llegar
¡lástima hacerles subir
para tener que bajar!
Así es Wall Street.
Tiró la falange, minúscula,
pegajosa de cartílago,
la observó caer al abismo
y se dijo:
«¿No es ridículo, en el fondo,
haber madrugado el día
que vas a aceptar el despido?
... Iä... Iä...»
Y echó a volar.
Conoce más sobre esta obra en: Apache Libros

