Benditos Sean Mil Veces
«Que florezca tu familia
por mil generaciones,
por ocho mil generaciones».
Canción japonesa
Primera parte
Nosotros no sabemos nada de átomos, ni de fisión, porque no estamos hechos de materia sino de espíritu. No sentimos con ojos ni manos ni oídos ni piel, sentimos el musubi de todas las cosas y de todos los seres vivientes, su energía vital interior.
Somos los kami. Habitamos esta tierra desde que los dioses primigenios separaron la luz y las tinieblas con la lanza celestial y las ocho grandes islas emergieron del remolino formado por los océanos.
Aquel día de verano, tan solo tres horas después de que la dama sol Amaterasu se alzara en el firmamento sobre la ciudad de Hiroshima, un resplandor silencioso sacudió el cielo y la tierra. La energía del universo se vio perturbada para siempre. Centenares de miles murieron.
Este es nuestro llanto, esta es nuestra plegaria.
Todo empezó con un solo avión. Un B-29, al cual los habitantes de las islas, después de meses de guerra, llamaban con familiaridad y resignación B-san, el señor B. Este avión, sin embargo, era distinto a los demás. El militar estadounidense que lo pilotaba, Paul Tibbets, lo había bautizado orgullosamente con el nombre de su madre, Enola Gay. El vientre de la aeronave se abrió y dejó caer la bomba de uranio. Little Boy, como la habían llamado sus artífices, tardó apenas medio centenar de latidos en alcanzar la altura idónea para su detonación. Seiscientos metros sobre la ciudad aseguraban, según sus cálculos perversos, la mayor destrucción.
Los kami del viento soplaban juguetones aquella mañana desde las montañas Chūgoku, ajenos al destino de los seres humanos. Se enroscaban en los templos, cimbreaban las ramas de los pinos y erizaban la superficie de los siete ríos del delta de Hiroshima, que desde tiempos remotos se abría como un abanico hacia el mar. Cabalgando los aires, distraídos, no se percataron de cuanto ocurría y desplazaron el proyectil unos metros respecto a su objetivo, el puente Aioi, llevando la bomba atómica justo encima de la Clínica Quirúrgica de Shima.
Y exactamente allí, a ciento cincuenta pasos al sur de la puerta torii del templo Gokoku, la bomba detonó. Aquello marcó el amanecer de la era atómica.
En aquel mismo instante, la temperatura se elevó a más de un millón de grados centígrados. Los kami del aire, que momentos antes acariciaban aquellos parajes, se inflamaron de angustia y miedo y horror y desesperación sin entender qué pasaba. El dios del fuego, Kagutsuchi, se manifestó entonces en todo su poder anaranjado sobre los tejados de Hiroshima, y sobre los campos de arroz y sobre los ríos donde las carpas nadaban, inocentes: una enorme bola de llamas, de más de doscientos metros de diámetro, se hizo cada vez más grande sobre la ciudad.
En menos de lo que dura un latido, duplicó su tamaño. La combustión, de quinientos metros de diámetro, engulló el centro de la ciudad y arrasó con todo. La tierra, sobre la que cada día caminaban los ciudadanos de Hiroshima, llegó a alcanzar una temperatura de seis mil grados centígrados. La madera ardió. La piedra, incluso el granito más duro, se fundió. El cemento se decoloró hasta volverse rojo. La carne se consumió.
Una veintena de soldados, que trabajaba cavando refugios nucleares a las afueras en el momento de la detonación, alzó su mirada al cielo y contempló aquel resplandor silencioso, mudos de asombro. Fue lo último que vieron, pues la deflagración les derritió los globos oculares, que resbalaron por sus mejillas como lágrimas espesas. Benditos sean mil veces.
Nueve de cada diez seres vivos que se encontraban a menos de mil metros del epicentro de la bomba atómica murieron al instante.
Este es nuestro grito. Esta es nuestra plegaria.
Unos segundos después de la bomba, cuando los kami del aire dejaron por fin de arder, fueron arrastrados de inmediato hacia una enorme nube violácea: un hongo de proporciones monstruosas que se elevó sobre la ciudad como una maldición. En las calles, un crepúsculo repentino había eclipsado toda luz. Una polvareda oscura lo invadió todo: polvo de cenizas, polvo de escombros, polvo de muerte.

