BALTIMORE CARNIVALE

28 de Abril de 2026

BALTIMORE CARNIVALE

Pilar Pedraza

Quienes vivimos despiertos de día y dormimos por la noche en nuestro cómodo lecho no tenemos ni idea de lo que es para un vampiro cambiar de continente. No os distraeré con detalles, basta con saber que cuando la condesa no muerta Éniku Piroska Nádasdy tuvo que abandonar su patria austrohúngara a causa de la destrucción y las persecuciones ocasionadas por la Gran Guerra y sus secuelas, su tío y tutor el príncipe Dragoromir Nádasdy, embajador en Londres, le aconsejó emprender una nueva vida en un mundo nuevo y se ofreció a facilitarle el camino. Lo consiguió a base de movilizar a los hombres a sus órdenes y regar generosamente la ruta con lingotes de oro, dólares, pagarés y bonos. 

Dragoromir Nádasdy, financiero, empresario, diplomático y dhampiro, es decir, hijo de vampiro y humano, tenía una experiencia acumulada a lo largo de cuatrocientos años y sabía lo que hacía. Fruto de los amores de una princesa vampira y de un jefe de bandoleros de estirpe romaní, no era lucífugo y, además de estar en posesión de otros muchos privilegios propios de su naturaleza mestiza, ocupaba una buena posición en la sociedad británica y sus poderes se extendían en red por todo el mundo civilizado y colonial.

Aquellos años, los locos años veinte, eran el ejemplo más cuajado de avalancha de emigrantes de toda procedencia y, al mismo tiempo, de paranoia de unos Estados Unidos temerosos de que se les filtraran por las rendijas subversivos, sindicalistas y comunistas. Hermosa paradoja. Para eludir dificultades y controles, Dragoromir estableció como meta del viaje de su sobrina la apetitosa ciudad de Baltimore, rica y en plena expansión, bien comunicada por ferrocarril con todo el Suroeste y con un puerto que garantizaba el flujo de mercancías. Con el fin de que el viaje tuviera éxito, el príncipe transilvano creó una comisión que se encargaría de hacerla llegar allí y ser recibida por su sobrino, dhampírico como él por línea materna, Alexandru Héderváry, al que nombró su cuidador y «familiar» sin más protocolo que el de su autoridad.

Alexandru Héderváry recibió la orden de su superior en la dinastía vampírica con cierto fastidio. Ya no se consideraba europeo. El encargo de su tío de cuidar de una nosferatina perturbaba su excelente situación en una poderosa compañía de ferrocarril y su carrera política en alza en aquella ciudad libre y moderna, cuyo corazón latía con notas de jazz y cuyos pulmones respiraban carbón y vapor. Con su último cablegrama en la mano, fechado en octubre de 1926, dio un fuerte puñetazo en la mesa que hizo saltar al teléfono y mandó el cigarro puro al otro lado de su despacho.

—¡Por todos los diablos del maldito infierno! —exclamó, dejando pálida del susto a su secretaria Minnie, que por hacer algo se apresuró a recoger el habano y a dejarlo en el cenicero.

Alexandru Héderváry tenía doscientos treinta años y perpetuamente aparentaba cuarenta, fecha de su antigua muerte como humano y comienzo de su vida monstruosa de «no muerto». Alto, hermoso, con la belleza de sus dos naturalezas, una inteligencia privilegiada, mirada hipnótica y una hermosa voz, cuyas órdenes no podían dejar de cumplirse, aquel aristócrata húngaro, aunque bastardo, despreciaba a la caduca nobleza vampírica europea. Se sentía uno de los grandes burgueses del Nuevo Mundo, a los que admiraba. Había comenzado haciéndose rico como plantador de tabaco, pero no era hombre colonial de mansiones campestres, y odiaba vivir entre campesinos explotados y administradores corruptos. Se deshizo de aquel negocio e invirtió en el ferrocarril privado de Baltimore & Ohio, en las navieras y en la incipiente industria automovilística, dedicando su esfuerzo personal especialmente al ferrocarril. 

Durante su larga existencia como noble vampírico, había mirado desde su Europa natal a los colonos americanos como a patanes incultos; ahora, por el contrario, con el paso del tiempo y el devenir de la historia, tenía muy claro por dónde caminaba la civilización. Por eso recibió como un mazazo el contacto con su tío, que lo transportaba a un mundo que había dejado atrás. Estuvo todo el día rumiando su irritación hasta que ya bien entrada la noche, que era, aunque él no quisiera reconocerlo, cuando más fuerte y creativo se sentía, a la segunda copa de bourbon, se le ocurrió una idea que lo deslumbró a él mismo. ¡Rachel…!




Rachel Solomon, asistente personal y mano derecha de Alexandru Héderváry, era una mujer eficiente en el trabajo, robusta, de buena presencia y nula belleza. Contribuían a su falta de lo que se considera encanto femenino unas gafas que ocultaban unos ojos diminutos, aunque no borraban su mirada de halcón. Lo sabía todo sobre la naturaleza de su jefe, y aunque no puede decirse que creyera en ello, lo aceptaba, como también ella aceptaba por su parte ser hija de una familia judía conservadora de los barrios altos. Como Héderváry, era una especie de renegada: se sentía poco menos que antisemita, no en un sentido racista, sino de no creyente ni practicante de la religión de Yahveh. 

Había crecido entre la gente de buena posición de Eccleston Gardens, congregada alrededor de la hermosa sinagoga neoclásica, pero era una rebelde y activa sufragista, atea por aburrimiento, despegada de las tradiciones hebraicas y desinteresada de la vida que le esperaba como mujer y madre. En resumen, Rachel era uno de esos garbanzos negros que caracterizan a toda familia acomodada con arraigo en la ley de Moisés. Cuando terminó sus estudios y conoció a Héderváry supo que le convenía estar al lado de un hombre como él; a él, por su parte, le gustó aquella joven feúcha y avispada, y le ofreció un trabajo modesto: ayudante de su secretaria. 

Siempre abriéndose paso para estar a su lado, y haciéndose cada vez más imprescindible, Rachel ascendió vertiginosamente, dejando atrás, con buenas o malas artes, a secretarias y ayudantes. Aprendió lo relativo a los negocios en los que Héderváry se movía y en poco tiempo llegó a ser para él un pilar firme en el que apoyarse. Pasó a ser su colaboradora imprescindible e incluso su socia en algunos negocios. No la contaba entre sus numerosas amantes, pues aunque el hermoso y sólido Alexandru había heredado de su padre, militar, apuesto y mujeriego, una naturaleza depredadora, no veía en Rachel una mujer a la que conquistar, sino una compañera y confidente siempre dispuesta a dejarse la piel por él.

—Janet, llama ahora mismo a Rachel —dijo a su secretaria esa mañana al llegar a la oficina de la Compañía. Esta, situada en el edificio más alto de Maryland Street, era una majestuosa obra moderna de ocho pisos desde cuya terraza podía verse la bahía y el puerto donde debían hacerse cargo del ataúd de la condesa Nádasdy. El último telegrama de su tío le informaba de que este había sido colocado al fondo de la bodega de un carguero que transportaba maquinaria, disimulado en un cajón que en teoría contenía perfumería y artículos de cosmética de la casa parisina Poison de Femme. Sería depositado en un muelle de descarga, con una serie de precisiones claras e incluso prolijas. 


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