AL OTRO LADO DE LA PÁGINA
AL OTRO LADO DE LA PÁGINA
Desiree Bressend
Nueva York. Ese nombre suena en mi cabeza como si le hubieran quitado la impostura inglesa; como si la tierra pudiera ser nueva por el hecho de que alguien la bautice así a su llegada.
Paseo por la noche de una ciudad que fue muchas ciudades, que es muchas ciudades: encendidas, despiertas, elegantes, oscuras, secas y pobres. En esta tierra, donde se ha llegado a la evolución técnica total, salgo de ver Lights of New York y suena. ¡Esa pantalla en blanco y negro suena! La gente habla dentro de la película como si fuera la vida real, pero no están allí. El cine no puede, nunca va a poder, llegar más lejos porque suena como esa cosa que vive en el sótano de mi banco y también me habla.
«Ha sido bonito. Habías conseguido sacarnos de tu cabeza durante casi una hora, pero aquí estamos de nuevo, porque nosotros te queremos, desde el polvo y las sombras. Desde el inicio de todo».
No. No. No. Trato de pactar conmigo mismo. Paso cerca del edificio Beaumont, aún en construcción. Es una estructura magnífica. Mojo el mocasín negro y blanco en un charco y lo sumerjo hasta el bridón dorado para tener otra preocupación. Pero solo me relaja bajar con la mente hasta el fondo de la cámara acorazada del banco en el que estoy empleado ocho horas, ahora doce en realidad.
«Doce horas para tener tiempo de notarnos tras la puerta de acero. Lo sabes. Estás conectado a nosotros, Harold Quinn. Lo estás, hasta el retorcido tuétano. Hasta calarte el calcetín en el charco que ahora pisas».
Sé que esa elegante seducción late por mí, me mueve el corazón de amor y ansiedad. Maldigo mi despiste y sacudo la pierna. La culpa la tiene ese libro verde, grande y roído que dejaron en depósito en mi banco.
«Técnicamente todavía no es tu banco, pero si tuvieras ese libro lo sería. Si leyeras ese libro serías invencible. Ese libro y tú. Tú y ese libro. Juntos. Tocándole las hojas. Leyendo la inmortalidad. Ese libro, tú y nosotros».
Bobadas. Maldigo también al libro. Suficiente me he humillado ya por ese objeto. Soy un empleado perfecto.
«Entraste de botones. Te has esforzado. Mereces ese libro más que su dueño original. Ni siquiera conocemos a ese dueño, seguro que es una mala persona, seguro que mereces que el libro esté contigo. Tú serías mucho más feliz con el libro. Tú harías mucho más feliz al libro».
Intento ignorar las voces porque sé que no puedo eliminarlas. No tienen sentido porque un libro no puede ser feliz. Me preparo un chocolate caliente antes de ir a la cama Soy un pequeño perro de Paulov: mi madre me dio toda la vida chocolate del Bayou y ese chocolate tomo antes de dormir. Ni siquiera es bueno, después del primer trago lo aderezo con un buen chorro de whisky.
«Porque si no, no vas a dormir. Solo puedes dormir con nosotros, solo puedes dormir pensando en el libro. Tiene tu idioma porque estás destinado a él».
No sé si tiene mi idioma, nunca he visto el libro por dentro. Solo he visto su encuadernación. Su hermosa encuadernación de serpiente con oro puro.
«Eso no será un problema porque para eso está destinado a ti».
Me duermo con el miedo de saber por qué mi cabeza resuelve sola una pregunta que no le he hecho.
Me levanto cuando el sol apenas ha rozado la pared de la habitación y manoseo en el bolsillo de mi chaqueta una de las llaves de la cámara del banco. La mantengo a salvo con una cadenita metálica destinada a mi reloj de bolsillo. Prefiero tener asegurado esto antes que cualquier otra cosa.
«Ya solo te quedan dos llaves y podrás abrir la cámara un día que no quede nadie en el banco. Ya sabemos que te quedas hasta ser el último».
Llego al banco. Me quito la gabardina.
Me siento y limpio con los dedos el polvo inexistente en el filo de la larga mesa de mármol. Mi ventanilla permanece igual de fría que la piedra. Un cliente despistado pasea su ansia hasta el despacho del director. Luego vendrán todos juntos al mismo tiempo. Siempre se repite ese patrón absurdo y gregario.
«Mientras tanto, puedes venir a visitarnos. Estamos abajo. Somos todas las respuestas que deseas en la vida. Somos la forma de hacer que las noches duren más».
Pacto con mi estómago que si no pienso en el libro en la próxima media hora me comeré una rosquilla.
«No va a funcionar. Ven. Ven con nosotros a la oscuridad, hacia la bonita, bonita, oscuridad».
Está bien, me premiaré dentro de quince minutos.
«Puedes saborear esa rosquilla mientras lees el libro. Tienes la oportunidad de saborearla para siempre con nosotros, dulce como un eterno día futuro».
Está bien, iré al baño para hacer ese tiempo.
Debería haber sido un perfecto trabajador en un perfecto banco de Wall Street. Me seco la cara helada con el pañuelo de tela e incluyo un mechón del flequillo que todavía cae oscuro y mojado. Lo despego de la frente y lo peino junto al resto del pelo cano. Hace unos meses que me han confiado una de las llaves de la cámara acorazada.
«Te hacen falta otras dos más y nunca van a dártelas. Entraste de botones, pasaste a la caja y ahora tienes la llave, pero has tardado veinte años para ello. No vamos a emplear otros cuarenta. ¿Y si un día no estamos aquí?».
Aprieto con fuerza y sudor la llave en mi bolsillo y la mano retuerce su temperatura hasta provocarme una presión en el centro del cuerpo. La gravedad y ese libro me llaman al unísono.
¿Y si alguien se lo lleva, cómo lo detengo? Lo mato. Lo mato antes de que me mate estar lejos de ese libro.
«Calma. Calma. Ya has venido varias veces al sótano, puedes bajar de nuevo. A comprobar si todo está bien, cualquier excusa es buena. Cualquier excusa sibilina como ayudar a un compañero es buena».
Algo denso, invisible y lleno de espíritus olvidados me sube por el cuerpo y evita que me dé un infarto. Voy decidido a preguntar si puedo ser de utilidad a cualquiera. Me transformo en un vagabundo bancario, un esclavo de la supuesta responsabilidad... y de ese libro.
Un sonido fuerte casi parte las vidrieras del banco cuando llego de nuevo a mi puesto. Todos mis compañeros y mis jefes están de rodillas temblando sobre el mármol del suelo. Cuatro tipos y una mujer martillean pistolas de tambor, o fusiles; son mucho más grandes que un revolver, pero dudo que puedan ir de caza con eso. No sé, nunca he sabido de armas.
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